Cuando enseñar también duele: La frustración de ver talento sin apoyo del Estado

Hay días en los que enseñar duele. Duele cuando uno mira a los ojos de un estudiante que tiene un brillo distinto, una capacidad especial, una mente despierta y creativa, y sabe que ese talento tal vez se pierda en el camino por falta de apoyo. En Tarija, como en tantas regiones de Bolivia, sobran los ejemplos de jóvenes excepcionales: niños que dominan las matemáticas sin esfuerzo, que dibujan con una precisión admirable, que escriben con una sensibilidad sorprendente o que corren con una velocidad que asombra. Y sin embargo, la historia suele repetirse: sus sueños quedan atrapados entre la pobreza y la indiferencia del Estado.

¿De qué sirve descubrir talento si no hay dónde cultivarlo? ¿De qué sirve tanto potencial si no hay becas, centros artísticos, escuelas deportivas o programas que les abran el camino? Los maestros lo vemos todos los días. Descubrimos en el aula pequeños genios que aprenden por curiosidad y que destacan sin que nadie los empuje. Pero también vemos cómo, poco a poco, esa chispa se apaga. Se apaga porque no hay materiales, porque no hay oportunidades, porque el talento sin apoyo se convierte en una carga para familias que ya luchan por sobrevivir.

Las madres y los padres, con el corazón lleno de esperanza, hacen lo que pueden. Trabajan el doble para comprar un instrumento, pagar una inscripción o mandar a su hijo a competir fuera del pais. Pero la realidad económica se impone: los costos del transporte, del alojamiento, de los uniformes o de los materiales son muchas veces imposibles de cubrir. ¿Cómo puede una familia de escasos recursos sostener el sueño de un hijo que podría llegar lejos? ¿Por qué el Estado no está ahí, donde más se necesita, acompañando ese esfuerzo silencioso?

A veces, como maestros, tratamos de llenar esos vacíos con lo poco que tenemos: organizamos campañas, rifas, colectas o actividades solidarias para que ese estudiante talentoso pueda viajar o participar en alguna competencia. Son gestos pequeños frente a un problema enorme, pero también son un testimonio de compromiso. Sin embargo, no debería ser tarea del maestro sustituir al Estado. La educación no puede sostenerse solo en la buena voluntad, sino en políticas concretas que reconozcan, acompañen y desarrollen el talento desde la escuela pública.

En Tarija hay jóvenes que podrían representar al país en concursos científicos, campeonatos deportivos o festivales culturales, pero la falta de programas de apoyo y de continuidad les cierra las puertas. Las oportunidades no deberían depender del bolsillo de los padres, sino del compromiso del Estado con su niñez y juventud. Un país que no invierte en sus talentos, ¿qué futuro está construyendo?

Los maestros sentimos impotencia. Enseñar, en este contexto, también es un acto de dolor. Dolor por ver cómo los sueños se frustran, cómo el potencial se desperdicia, cómo la indiferencia institucional apaga lo que podría iluminar el futuro. Pero también sentimos esperanza. Esperanza en que algún día se comprenda que invertir en talento no es un lujo, sino una necesidad.

Quizás ha llegado el momento de preguntarnos, como sociedad y como autoridades: ¿qué estamos haciendo para que esos niños excepcionales sigan creciendo? ¿Dónde están las políticas públicas que identifiquen y acompañen a los jóvenes brillantes de nuestras escuelas? ¿Dónde están los programas que les permitan continuar su formación dentro o fuera del país?

La educación no solo debe enseñar a todos, sino también potenciar a los que pueden dar más. La verdadera justicia educativa no es tratar a todos igual, sino ofrecer a cada uno lo que necesita para alcanzar su máximo potencial. En cada aula de Tarija hay una historia que podría cambiar el rumbo de nuestra sociedad. Solo falta que alguien escuche, que alguien mire, que alguien crea. Porque enseñar duele, sí, pero duele más ver cómo el talento se pierde por falta de oportunidades.


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