De campesinos a comerciantes
La situación económica se agudiza en el país y en Tarija. Esto ha derivado en que personas que no saben nada de vender lo hagan. Muy a su manera, muy tímidamente, pero es preferible perder la vergüenza que sentir hambre.La activista Claudia Tolay en su última visita a Tarija caminaba por la...
La situación económica se agudiza en el país y en Tarija. Esto ha derivado en que personas que no saben nada de vender lo hagan. Muy a su manera, muy tímidamente, pero es preferible perder la vergüenza que sentir hambre.La activista Claudia Tolay en su última visita a Tarija caminaba por la avenida Domingo Paz, a la altura del mercado Central, cuando vio a un humilde señor con dos bolsas que contenían unas 30 ajipas cada una. Ella misma dice que le llamó la atención escuchar a una señora discutirle por el precio de tres ajipas grandes por diez bolivianos y cuatro por diez las pequeñas. La señora pretendía tener seis ajipas por diez bolivianos.Al ver esto, Claudia frenó la actitud de la mujer y se ganó insultos. Minutos después le preguntó al señor de dónde venía y éste le dijo, muy tímido y con vergüenza, que de la zona del Río Pilaya, cerca del departamento de Chuquisaca.El hombre había caminado horas a pie para sacar su producto del campo y después abordó un camión para llegar hasta Tarija. Pero eso no fue todo, pues tuvo tan mala suerte que no le dejaron vender sus ajipas en el mercado Campesino, simplemente por no tener dinero pagar un puesto.Y así… se largó por las calles de Tarija ofreciendo retraídamente sus ajipas, más no pudo encontrar clientes. Finalmente se sentó en el escalón de una puerta de la avenida Domingo Paz al lado de su producto, y cuando al fin pensó que había encontrado a alguien interesada surgió el problema.Pero Claudia Tolay lo defendió y le compró la ajipas. “No regatees por favor y piensen en todo lo que tienen que pasar para llegar a la ciudad y ofrecer con humildad su cosecha y su trabajo honesto de meses y años”, dijo la activista, quien se llevó la maleta llena de este tubérculo.Sin embargo, no todos estos campesinos corren la misma suerte y lo peor es que esta situación se multiplica. Ha quedado claro y aún más en Tarija que la pobreza campesina persiste a pesar de los programas de carácter especial que se ejecutaron durante los últimos años, tanto por iniciativa del Gobierno nacional como de las instancias departamentales. Las fórmulas, las medidas, las estrategias adoptadas hasta ahora para aminorar la pobreza, se enmarcan en un cuadro de soluciones coyunturales o segmentarias, sin un conducto lógico que permita influir positivamente en los elementos de un plan global e integral de acción. La mayoría son programas de crédito individual para la producción, pero sin estrategias de comercialización. Otros son de capacitación y educación, pero desconectados de la realidad económica que envuelve a los campesinos. Y cómo no citar al Prosol, un programa que carece de asesoramiento técnico y de fiscalización. En 2016, analistas dieron a conocer que, por ejemplo, un productor de papa apenas puede ganar alrededor de 2.300 bolivianos al año, lo que significa cerca de 460 bolivianos al mes tomando en cuenta otros ingresos adicionales. Esta precaria situación económica es vivida al menos por el 40 por ciento de la población campesina en Tarija.Muchos dirigentes del sector han revelado que mucho más ganan los revendones que los mismos campesinos que producen. Sumado a esto los ciudadanos protestan sin importar lo que cuesta producir. En definitiva, para el analista Gonzalo Colque, cualquier discusión sobre el campesinado y su pobreza sería incompleta sin su componente político. Las poblaciones rurales marginalizadas, junto a los campesinos e indígenas migrantes de las periferias urbanas, todavía son decisivas electoral y políticamente. A lo largo de los años han sido vistas como actores claves para cambiar las relaciones de poder. Pero también han sido “víctimas” de proyectos políticos y planes de desarrollo que no crean un mercado laboral formal para este sector.Hoy su situación se agudiza con la crisis y su estado económico es similar o peor que el de hace 40 años. Esto nos lleva a preguntarnos si la suerte de los campesinos está predeterminada.


