Los principios que no soportan ser publicados
En el siglo XVIII, las teorías del contrato social y la Ilustración reivindicaron la naturaleza pública del poder. Kant formuló el “principio de publicidad” conforme al cual “Son injustas todas las acciones que se refieren al derecho de otros hombres cuyos principios no soportan ser...
En el siglo XVIII, las teorías del contrato social y la Ilustración reivindicaron la naturaleza pública del poder. Kant formuló el “principio de publicidad” conforme al cual “Son injustas todas las acciones que se refieren al derecho de otros hombres cuyos principios no soportan ser publicados”. En otros términos: la mejor manera de establecer la diferencia entre las malas y las buenas leyes consiste en publicitarlas para estimular entre la gente la discusión sobre ellas. Para Kant era la manera de salir de la “minoría de edad”, la crítica era la llave para participar en la construcción de la política. En el siglo XIX, emergió un nuevo artefacto político, el Estado nación democrático y representativo que generó nueva forma de ejercer el poder por medio de la representación, la burocracia y la planificación. El público (el conjunto de ciudadanos) entró en escena y demandó cuentas a los políticos en nombre del bien común. No obstante, a lo largo del siglo XX, a pesar de la elegante formula kantiana, el Estado moderno reprodujo hipócritamente el principio del “secreto de Estado” aunque formalmente lo execraba. No en vano Canetti decía que el secreto es la “esencia del poder”.A finales de la primera década del siglo XXI, las “revelaciones” de Wikileaks, los sorprendentes papeles del Pentágono y de la diplomacia norteamericana, han planteado el viejo tema del secreto de un modo totalmente novedoso. Los derechos ciudadanos de acceso a la información pública se han convertido en objeto privilegiado de las luchas políticas a nivel mundial; se han instituido nuevos movimientos políticos cuya plataforma simple pero poderosa es la defensa de la libertad de información a través del internet y de otros medios de comunicación; aunque no prescinde del periodismo, Wikileaks ha renovado las formas de comunicar de una manera directa información secreta, confidencial o reservada, en una escala planetaria y en tiempo real. El impacto ha sido algo parecido a un terremoto silencioso, inaudible, y ha comprometido no sólo a los norteamericanos, sino a todos los Estados del mundo. Pero hay algo aun más notable. Los “papeles” de la diplomacia norteamericana me han hecho pensar que el “secreto de Estado” no es necesariamente la omisión o el ocultamiento de algo importante, estratégico, sino algo más inquietante, una especie de vacío que permite desplegar la ficción de la política y que actúa como una fuerza que produce el consentimiento del poder. La revelación del secreto, aquello que Kant llamó la “publicidad”, por el contrario, desacraliza la política, muestra a los gobernantes no como gigantes virtuosos y providenciales, sino como seres astutos, violentos, débiles o confundidos. El acceso a información pública irrestricta permite desplegar, en suma, capacidades y competencias en los ciudadanos y ciudadanas para establecer claramente las diferencias entre el buen y el mal gobierno.


