La inocencia del Tío Rico
Ahora vamos a trasladar toda esa fantasía, que presumimos totalmente cierta, a otras personas (esta vez de la vida real) que muestran, lucen, ostentan, fortunas casi del volumen de la del Tío Rico, pero que no tienen ese centavo de la suerte, sino algo mucho más efectivo y más verosímil: un...
Ahora vamos a trasladar toda esa fantasía, que presumimos totalmente cierta, a otras personas (esta vez de la vida real) que muestran, lucen, ostentan, fortunas casi del volumen de la del Tío Rico, pero que no tienen ese centavo de la suerte, sino algo mucho más efectivo y más verosímil: un cargo público.Y tomemos como ejemplo a un aduanero, que además no sea boliviano, para no andar presumiendo “cosas”. Que sea, digamos, de Macondo. Pues, el guarda de aduana macondiano gana, mensualmente, el equivalente de 250 dólares. (En moneda macondiana, por supuesto).Y pasa el tiempo.Cierto día, nos muestran una casa nuevecita en un barrio muy elegante. Nos gusta. “Es la nueva casa del guarda de aduana macondiano”, nos dicen. Le calculamos un valor de 100.000 dólares (el equivalente en pesos macondianos, por supuesto)Estamos sorprendidos, pero no queremos presumir nada. Todavía.Justamente en ese momento, pasa un ostentoso vehículo (no digamos un Ferrari, que no es propiamente gusto aduanero, sino un Hammer). Cuesta más de 30.000 dólares (en pesos macondianos, por supuesto).Todavía no queremos presumir nada y preguntamos:- ¿Cuánto es que gana mensualmente ese señor? (Nos referimos al guarda de aduana de Macondo, por supuesto)- 250 dólares. Es la respuesta.-- ¿Cuánto tiempo hace que trabaja?- - Ya lleva dos años.Entonces comienzan nuestras presunciones: Dos años, sin gastar un centavo de su sueldo, viviendo del aire, suman 3.000 dólares. ¿Una casa de 100.000 dólares? ¡Un carro de 30.000 dólares? Aquí hay algo raro.Apliquemos esa historia a presidentes, alcaldes, gobernadores. (De Macondo, por supuesto) y nos será difícil, sumamente difícil, presumir su inocencia. Pero tenemos que hacerlo porque sino alguna ONG gringa nos lo censurará.Salvo que creamos ciegamente en la existencia real del Pato Donald y en la fabulosa y totalmente fortuita riqueza de su Tío Rico. Precisamente por situaciones como esta es que es aconsejable conocer no solamente la Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz, para investigación de fortunas y contra el enriquecimiento ilícito, sino también el magnífico libro del intelectual chileno Ariel Dorfman, escrito en compañía del belga Armand Mattelart: “Para leer al Pato Donald”. Un verdadero manual de descolonización.Claro que también podemos, alternativamente, seguir creyendo en la total, absoluta y evidente inocencia de “afortunados” como el Goni, el “Chulupi” el “Bombón” y otros “perseguidos políticos”.


