La mentira y el Chapulín Colorado

Algunos son mentirosos contumaces y consuetudinarios. La mentira es su forma habitual de expresarse. Pueden mentir “setenta veces siete” sin el más mínimo sonrojo. El adjetivo más suave que les cuadra es el de “caraduras”. Entre estos últimos se inscriben ciertos políticos, de uno u...

Algunos son mentirosos contumaces y consuetudinarios. La mentira es su forma habitual de expresarse. Pueden mentir “setenta veces siete” sin el más mínimo sonrojo. El adjetivo más suave que les cuadra es el de “caraduras”. Entre estos últimos se inscriben ciertos políticos, de uno u otro color. Muchos, muchísimos políticos así como dirigentes de toda laya, engañan al pueblo para ganar votos, prometen lo que saben que no podrán cumplir. Imagino que debe resultar incómodo mentirse a uno mismo, a sabiendas. Por lo demás, mentir sabiendo que no te van a creer es una monumental idiotez. Y, sin embargo, tiene sus fieles adictos y profesionales. Y vuelvo a los políticos. ¿Por qué muchos políticos mienten con la fundada sospecha de no ser creídos? Por simple y vergonzante autocomplacencia. También hay personas de carne y huesos e incluso grupos nacionales a los que les encanta mentirse a sabiendas. ¡Así  les  va...!Existe una clase especial de personas que no dicen la verdad que inventan según el soplo de la conversación. Son los fabuladores. En estricta doctrina no mienten, inventan fábulas y, hasta cierto punto, se las creen. Lo imaginado lo dan por cierto. Y lo expresan con tanta soltura y naturalidad, que el interlocutor no llega a diferenciar los real de lo imaginario.  El fabulador no es el novelista o el cuentista. Estos últimos ni se engañan ni pretenden engañar a sus lectores. En cambio, el verdadero fabulador se engaña a sí mismo, sin apenas advertirlo. Y, con un poco de suerte, convencerá a los demás. Uno ha de estar muy atento para adivinar los límites que separan lo cierto, lo semicierto y lo totalmente inventado.Hay otras muchas formas de mentir. Probablemente la más sutil y alambicada sea el sofisma. Como cualquier bachiller sabe - de los anteriores sistemas de enseñanza -, el sofisma consiste en afirmar la premisa “mayor”, e introducir de contrabando una segunda, falsa. La conclusión sacada de la manga será falsa, de acuerdo al orden lógico. Apreciado lector: ¿No advirtió Ud. desde hace tiempo la cantidad de sofismas que ciertos  políticos nos encajan cada vez que hablan? Puestas por delante estas premisas, hablemos del “bulo”. El bulo es el rumor que se hace correr entre la gente para determinarla a una u otra de las varias opciones alternativas posibles. Pongo un ejemplo reciente: la acusación que Don Evo y su Gobierno hicieron pública, de que los obispos de Bolivia hacen política opositora es un bulo envenenado de laicismo “tragacuras”. El bulo es un arma política que prospera cuando la libertad de expresión y de prensa están circuncidadas o radicalmente emasculadas (perdón por utilizar aquí este rudo concepto). Otra muestra de la mentira intencional y lanzada como bulo desde las playas de Cancún por el Presidente Evo, fue comparar a los dignos obispos de Bolivia con el payaso mexicano, Chapulín Colorado. Fue una lamentable grosería que sirvió para recalentar a atmósfera anticatólica del evismo desmadrado.


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