¿Y el espíritu navideño?
No. Estas ya no son solo unas fiestas religiosas, sino con mayor énfasis fiestas comerciales. Por lo tanto, hay que referirse a ellas utilizando lenguaje de economistas, que son los modernos sacerdotes del mercado. Ese modelo que no funciona con oraciones, sino con leyes sobre la oferta y la...
No. Estas ya no son solo unas fiestas religiosas, sino con mayor énfasis fiestas comerciales. Por lo tanto, hay que referirse a ellas utilizando lenguaje de economistas, que son los modernos sacerdotes del mercado. Ese modelo que no funciona con oraciones, sino con leyes sobre la oferta y la demanda.El modelo de la oferta y demanda describe la interacción en el comercio de un determinado bien, en relación con el valor y las ventas de dicho bien. Además, sirve como base para otras teorías y modelos económicosEl modelo predice que, en un modelo capitalista y competitivo, el precio se establecerá en un punto —llamado punto de equilibrio— en el cual tanto la oferta como la demanda se igualan. Es decir, el precio funciona como un mecanismo igualador entre lo que se demanda y lo que se produce, el punto de equilibrio siendo aquel en el cual los consumidores estarán dispuestos a adquirir todo lo que ofrecen los productores al precio marcado por dicho punto y los productores estarán dispuestos a producir todo lo que se demanda a ese precio. Si la demanda aumenta el precio aumentaría. Similarmente, si la oferta aumenta el precio caería.La temporada navideña, sin embargo, tiene principalmente la finalidad de incrementar la demanda de ciertos bienes, especialmente regalos y entre estos los juguetes que han sido promocionados por la propaganda hasta la fetichización (el término suena raro).El fetichismo de la mercancía es un concepto creado por Karl Marx para designar el fenómeno social/psicológico por el cual, en una sociedad productora de mercancías, éstas aparentan tener una voluntad independiente de sus productores, es decir, fantasmagórica. El resultado del fetichismo es la apariencia de una relación directa entre las cosas y no entre las personas, lo cual significa que las cosas (en este caso, las mercancías) asumirían el papel subjetivo que corresponde a las personas (en este caso, los productores de mercancías).Esto resulta especialmente notorio en estos días, con los juguetes para niños, como señalábamos, o con toda esa parafernalia de pinos naturales y de plástico (más los segundos que los primeros), luces de colores, globos de cristal y un largo etcétera, que es innecesario mencionar porque todos los conocemos bien de sobra.Uno de los estudiosos de estos temas, Jean Baudrillard, sostenía que la dinámica del consumo está basada en la adquisición de signos antes que de objetos. De esta forma, no se le ofrece al consumidor un objeto en relación a su función empírica, sino a través de su significado colectivo: prestigio, opulencia económica, estar a la moda, pertenecer a cierto grupo social, entre otros.Para entender mejor esto, habría que leer no solo a Baudillard sino a Saussure y a Barthes, por aquello de la Teoría de los Signos.Pero si lo hacemos, ahora, en plena temporada navideña, lo menos que van a pensar es que somos herejes. O por lo menos “raros”.


