¿Diálogo?

Usted me entiende. Pero también usted, lector experimentado y prudente, se preguntará si, dada la conocida tozudez de las autoridades gubernamentales y sus comparsas, así como la desproporcionada seguridad en sí mismos que exhiben, estarían dispuestos a bajarse de su altiva soberbia, a la...

Usted me entiende. Pero también usted, lector experimentado y prudente, se preguntará si, dada la conocida tozudez de las autoridades gubernamentales y sus comparsas, así como la desproporcionada seguridad en sí mismos que exhiben, estarían dispuestos a bajarse de su altiva soberbia, a la diáfana sencillez de un auténtico diálogo, de igual a igual con los obispos. Porque nadie dudará de la buena disposición de los pastores, aunque sea cediendo hasta el extremo que se puede aceptar sin faltar ni a la verdad ni a la justicia ni a la caridad.Por mi parte lamento sospechar que al Gobierno y a los suyos, no hay quién les haga aceptar ese pretendido diálogo. Ellos están convencidos de que son los poseedores totales y absolutos del  poder.  No aceptan críticas, ni las más constructivas y desinteresadas. En consecuencia, creen - mejor dicho  quieren - que la Iglesia se repliegue a la sacristía, que se retire de sus obras sociales, educativas  y de beneficencia. En una palabra quieren que se calle. En efecto, cada día que pasa, el oficialismo anuncia nuevas trabas al trabajo de la Iglesia: que los templos y lugares de culto, así como los colegios, centros de asistencia médica y otros sin fines de lucro y destinados al servicio de los fieles y de todos los que los necesiten, paguen impuestos como si fueran establecimientos comerciales, que los sacerdotes tributen por administrar los sacramentos y así sucesivamente, ignorando que esas obras sustituyen a las que el Estado debería cumplir y no cumple. Porque así ahorra mucho dinero que utiliza en, quién sabe qué destinos.Además de lo dicho hasta aquí, el Gobierno y sus seguidores se muestran excesivamente susceptibles, como lo advierte el Cardenal. A lo que es correcto añadir que esa susceptibilidad llega a la irritabilidad y a la agresividad, por el momento sólo verbal, muy en particular cuando se toca al narcotráfico. Les incomoda que se denuncien los hechos - llamémoslos “raros” - que están ocurriendo en las zonas cocaleras así como en otras partes del país. Con esas susceptibilidades a cuestas, resulta más difícil escalar las aturas de un diálogo cristiano que es el propuesto por Mons. Julio Terrazas.Dije que el Gobierno está dando pruebas de que su voluntad es que la Iglesia católica se calle. Esto es imposible. La Iglesia encarna legítimamente la voz de su fundador Jesús de Nazaret. Por esto, el mismo Cardenal que ha propuesto lealmente el diálogo, por enésima vez, con la misma claridad ha manifestado: “Tenemos que caminar… diciendo, en este lugar hay víctimas de la injusticia, en este lugar hay víctimas del narcotráfico  (“los niños del Chapare”, me permito añadir), en este otro lugar hay víctimas de la prepotencia del poder”. ¿Llegará el día en que, apeados de sus susceptibilidades de su soberbia y de su ceguera, el Gobierno y los suyos acepten un franco diálogo? La carta del  desafío está sobre la mesa.


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