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Análisis geopolítico

La ONU certifica su impotencia ante un mundo más violento e impredecible

La Asamblea General termina su semana de alto nivel entre discursos sobre paz y cooperación mientras las grandes potencias negocian fuera de la sede de Naciones Unidas un nuevo equilibrio marcado por la fuerza, los intereses nacionales y la incertidumbre

Internacional
  • Jesús Cantín
  • 27/09/2026 00:00
La ONU certifica su impotencia ante un mundo más violento e impredecible
Netanyahu, reclamado por el TPI, en la ONU

La Asamblea General de Naciones Unidas concluye su semana de alto nivel con más liturgia que materia y una evidencia difícil de disimular: el mundo puede necesitar más que nunca una institución capaz de ordenar sus conflictos, pero las principales decisiones sobre seguridad, comercio, tecnología y energía se toman cada vez más fuera de ella y muy alejadas de los criterios de paz y cooperación que algún día inspiraron el ente.

Durante cinco días, cerca de 130 jefes de Estado y de Gobierno pasaron por Nueva York para repetir, con diferentes matices, las palabras que forman parte del vocabulario diplomático desde 1945: paz, soberanía, cooperación, derechos humanos, desarrollo y multilateralismo. La propia ONU había escogido como lema de esta Asamblea “Restaurar la confianza, gestionar la transformación: una ONU que cumple para todos”.

Por lo general, los analistas de los principales medios de comunicación coinciden en que la realidad parece avanzar en dirección contraria.

Las guerras de Oriente Medio y Ucrania dominaron buena parte de las intervenciones. Gaza volvió a concentrar denuncias y llamados a una solución política, mientras el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán incorporó una nueva dimensión a una región que ya arrastra varios frentes abiertos. Ucrania, por su parte, continúa sin una salida negociada capaz de modificar sustancialmente el escenario militar.

El secretario general António Guterres, en su último discurso ante la Asamblea antes de dejar el cargo en diciembre después de 10 años en los que la institución ha entrado en crisis existencial quizá irreversible, habló de un mundo en el que las antiguas “grietas” se han convertido en “abismos”. Reclamó defender la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional sin dobles estándares y advirtió que la fuerza no puede convertirse en el árbitro definitivo de quién tiene derechos y quién no.

La paradoja es evidente: mientras Guterres pedía contener el poder mediante la ley, una parte creciente de la política internacional vuelve a organizarse alrededor del poder como instrumento para modificar la ley, las fronteras o las reglas comerciales: Netanyahu despreció a sus interlocutores y Trump habló abiertamente de destruir el Tribunal Penal Internacional, que reclama precisamente al presidente israelí.

El unilateralismo gana terreno

La intervención de Donald Trump ante la Asamblea fue una muestra de esa nueva realidad. El presidente estadounidense reivindicó la fortaleza de su país, defendió la soberanía nacional y presentó la acción unilateral como una alternativa frente a lo que considera la lentitud de las instituciones multilaterales. “Mientras otros han hablado, yo he actuado”, resumió su discurso.

No se trata solamente de Estados Unidos. Rusia mantiene su guerra contra Ucrania. China amplía su influencia económica y diplomática. Irán intenta conservar capacidad de negociación en medio de su enfrentamiento con Washington. Potencias regionales como Turquía, India, Arabia Saudita o Brasil buscan mayor margen de maniobra. Y numerosos países de África, Asia y América Latina reclaman que el sistema internacional deje de estar diseñado alrededor de un pequeño grupo de potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

El resultado es una transición todavía sin arquitectura definida.

Hay más centros de poder, pero no necesariamente más coordinación. Hay más actores capaces de bloquear decisiones, pero no necesariamente más capacidad para construir acuerdos. Y hay una competencia creciente por energía, minerales críticos, tecnología, mercados, rutas comerciales y capacidad militar.

Xi y Trump: el mundo real estaba en Washington

La imagen más reveladora de esta semana probablemente no estuvo en el hemiciclo de la Asamblea General.

Mientras los líderes pronunciaban sus discursos en Nueva York, el presidente chino Xi Jinping realizaba una visita de Estado a Washington para reunirse con Trump.

La coincidencia temporal fue políticamente significativa. Xi no acudió personalmente a Nueva York y China estuvo representada en la Asamblea por su vicepresidente Han Zheng, mientras el mandatario chino concentraba su agenda en Washington.

La visita fue presentada con toda la simbología de una relación entre grandes potencias. Trump recibió a Xi en la Casa Blanca, hubo ceremonia oficial y reuniones sobre comercio, tecnología, inteligencia artificial y seguridad. Xi planteó la necesidad de una relación de “estabilidad estratégica” y Trump destacó su relación personal con el mandatario chino.

También hubo cuestiones concretas. Washington y Pekín acordaron extender una tregua comercial que estaba próxima a vencer, mientras permanecieron abiertas las diferencias sobre Taiwán, Irán, inteligencia artificial y tecnologías estratégicas.

El resultado fue más una administración de las diferencias que una solución de fondo. Las dos mayores economías del planeta necesitan evitar una ruptura, pero continúan compitiendo por el liderazgo tecnológico y geopolítico.

Y esa es precisamente la fotografía del nuevo mundo: los rivales negocian directamente entre ellos porque saben que ninguno puede ignorar al otro.

Una ONU atrapada entre dos mundos

Los más optimistas insisten en que la ONU no está desapareciendo y argumentan que sigue siendo el único foro universal en el que 193 Estados tienen representación y un voto. Su capacidad humanitaria, sanitaria, diplomática y de coordinación continúa siendo indispensable, aunque se han construido instituciones paralelas que pretenden arrebatarle funciones – la Junta de Paz que Trump creó para Palestina pero que acabó siendo genérica y que se parece más a un consejo de administración – y apenas se atienden o cumplen los pedidos de ayuda por emergencias.

Aun así se entiende que su capacidad para imponer soluciones a los grandes conflictos es mucho más limitada. El Consejo de Seguridad sigue condicionado por el poder de veto de sus cinco miembros permanentes (China, Rusia, Estados Unidos, Francia e Inglaterra). Las guerras continúan, aunque la Asamblea vote resoluciones. Las sanciones dependen de coaliciones de Estados. Y las grandes potencias pueden actuar militarmente o modificar unilateralmente políticas comerciales y energéticas con efectos sobre todo el planeta.

Incluso dentro de la propia Asamblea se repite una demanda que lleva décadas pendiente: reformar la estructura de poder de Naciones Unidas y ampliar la representación permanente del Sur Global.

Guterres aprovechó su último discurso para insistir precisamente en esa contradicción: una organización creada para administrar un mundo de 1945 intenta responder a un sistema internacional completamente diferente.

El nuevo equilibrio todavía no tiene reglas

La transición no significa necesariamente que el mundo vaya hacia una nueva Guerra Fría entre dos bloques perfectamente definidos, aunque lo parezca. Estados Unidos y China compiten y, al mismo tiempo, necesitan comerciar. Rusia enfrenta a Occidente mientras mantiene vínculos económicos con China y otros países. India coopera con Washington en determinados asuntos y mantiene relaciones históricas con Moscú. Los países árabes negocian simultáneamente con Washington, Pekín y Moscú. América Latina busca inversiones y mercados sin quedar atrapada en una disputa de bloques.

Los países medianos y pequeños tampoco quieren quedarse fuera. Buscan diversificar socios, atraer inversiones, asegurar energía, minerales y alimentos y obtener mejores condiciones de financiamiento. Jugar entre dos aguas resulta rentable para algunos, pero otros han decidido alinearse con uno.

Es el caso del Gobierno de Bolivia, que se ha sumado con entusiasmo a iniciativas como la del Escudo de las Américas. El país necesita dólares, inversiones, mercados para sus minerales y productos, tecnología para desarrollar sus recursos naturales y financiamiento para infraestructura. El acercamiento prioritario a Estados Unidos y los organismos multilaterales forma parte de una realidad en la que ya no parecía viable depender de un único socio estratégico.

La pregunta es qué capacidad tendrá Bolivia para aprovechar esa competencia sin convertirse simplemente en proveedor de materias primas.

Más discurso que capacidad

La 81ª Asamblea General deja, finalmente, una paradoja. Nunca hubo tantos problemas que requirieran cooperación internacional: guerras, cambio climático, inteligencia artificial, migraciones, energía, alimentos, deuda y seguridad.

Y, al mismo tiempo, nunca parece haber sido tan difícil conseguir que las grandes potencias acepten limitar su margen de acción en nombre de una regla común.

La ONU seguirá reuniendo gobiernos, aprobando resoluciones y ofreciendo una mesa de negociación. Pero los acontecimientos de esta semana muestran que buena parte del poder real se mueve por otros canales.

La imagen de Xi y Trump reunidos en Washington mientras la ONU debatía en Nueva York es difícil de ignorar. No porque la organización haya dejado de ser relevante, sino porque las potencias que pueden cambiar las reglas del juego siguen prefiriendo, cuando sus intereses fundamentales están en discusión, hablar directamente entre ellas.

La Asamblea termina con discursos sobre un mundo común. El mundo real, entretanto, avanza hacia un sistema más fragmentado, competitivo e impredecible.

El desafío de Naciones Unidas ya no es solamente conseguir que los países hablen. Es conseguir que, cuando hablen, todavía exista alguien dispuesto a escuchar las reglas que todos dicen defender.

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