Bolivia y el Mundial

Clasificar a un Mundial no se construye en los últimos meses de una eliminatoria. Se construye durante cuatro años de trabajo continuo, estabilidad institucional y confianza en un proyecto deportivo

Se apagaron las luces del Mundial y el planeta volverá, poco a poco, a la rutina de las ligas nacionales. Pasarán cuatro años antes de que otra Copa del Mundo vuelva a detener el tiempo. Pero para Bolivia la cuenta regresiva ya comenzó. Y esta vez existe una diferencia importante respecto a otros ciclos: la ilusión parece mucho más cercana que la resignación.

La Verde no clasificó, pero tampoco quedó tan lejos como en otras ocasiones. Compitió durante buena parte de la eliminatoria, mostró momentos de buen fútbol, recuperó la confianza de su afición y, por primera vez en mucho tiempo, dejó la sensación de que el objetivo ya no pertenece únicamente al terreno de los sueños.

Ahora comienza el partido más difícil.

Porque clasificar a un Mundial no depende únicamente de una buena generación de futbolistas. Depende, sobre todo, de la capacidad de sostener un proyecto. Bolivia ha cometido demasiadas veces el mismo error: empezar de nuevo después de cada eliminatoria, cambiar entrenadores, modificar procesos, improvisar estructuras y convertir cada derrota en el punto de partida de otra refundación.

Los países que hoy disputan regularmente las fases finales de los mundiales no construyen sus selecciones cada cuatro años. Las construyen todos los días. Invierten en divisiones menores, profesionalizan la formación de entrenadores, fortalecen sus campeonatos nacionales y protegen un modelo deportivo que sobrevive incluso a los cambios de dirigentes.

Bolivia estuvo cerca de volver a vivir esa experiencia. Lo suficientemente cerca como para entender que el próximo intento merece una preparación diferente

Bolivia necesita esa estabilidad.

También necesita serenidad. El fútbol suele oscilar entre dos extremos igualmente dañinos: la euforia desmedida después de una victoria y el pesimismo absoluto tras una derrota. Ninguno ayuda a construir un proyecto serio. El próximo Mundial no se empezará a ganar en el primer partido de las eliminatorias; comenzará en las decisiones que se tomen durante los próximos meses.

Eso implica mantener un cuerpo técnico si el proyecto funciona, respaldar a los jóvenes que han demostrado condiciones, mejorar la competencia interna y seguir apostando por el desarrollo de talentos en todos los rincones del país. El éxito internacional rara vez es producto de la casualidad. Es el resultado de años de continuidad.

También hace falta que todos comprendamos cuál es nuestro papel. Los dirigentes deben administrar con responsabilidad; los clubes formar jugadores; la prensa analizar con equilibrio; y la afición acompañar sin convertir cada convocatoria o cada resultado en una batalla. El fútbol boliviano necesita menos ansiedad y más convicción.

Clasificar a un Mundial no es solo un objetivo deportivo. Es una oportunidad para fortalecer la autoestima colectiva, proyectar una imagen positiva del país y ofrecer a miles de niños un motivo para seguir creyendo que el esfuerzo tiene recompensa. Los grandes logros deportivos suelen dejar una huella que trasciende el marcador.

El Mundial que acaba de terminar nos recordó por qué el fútbol sigue siendo el deporte más universal del planeta. Une generaciones, crea recuerdos imborrables y hace que países enteros compartan una misma emoción. Bolivia estuvo cerca de volver a vivir esa experiencia. Lo suficientemente cerca como para entender que el próximo intento merece una preparación diferente.

Ojalá dentro de cuatro años no estemos hablando nuevamente de empezar desde cero.

Ojalá estemos hablando de una selección que llegó al Mundial porque entendió que los grandes resultados no nacen de un golpe de suerte, sino de la paciencia, la estabilidad y la confianza en un proyecto sostenido.

Porque los sueños también se entrenan.


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