Mayaya y el oportunismo

Mayaya puede ser una oportunidad histórica para Bolivia, pero convertir un hallazgo estratégico en herramienta política solo debilita la credibilidad del sector

Bolivia necesita buenas noticias, y especialmente las necesita en un sector tan determinante para su presente y su futuro como el de los hidrocarburos. Por eso, cualquier hallazgo relevante de gas o petróleo debería ser recibido con expectativa positiva y con la esperanza de que pueda convertirse en una oportunidad real para reconstruir parte de la estabilidad económica que el país ha perdido en los últimos años. Sin embargo, precisamente por esa importancia estratégica, el manejo de este tipo de anuncios exige máxima responsabilidad.

El megacampo Mayaya, ubicado en el norte paceño, ha sido recuperado para el escenario público en los últimos días. Primero fue presentado por el gobierno de Luis Arce como un “descubrimiento histórico” capaz de cambiar nuevamente el destino energético del país. Ahora es el presidente Rodrigo Paz Pereira quien, en medio de una crisis política marcada por protestas y bloqueos, vuelve a poner el proyecto sobre la mesa como argumento de esperanza económica y símbolo de futuro específicamente para el departamento de La Paz.

Si el megacampo paceño tiene el potencial anunciado, corresponde actuar con transparencia y visión de Estado, no repetir viejos ciclos de propaganda hidrocarburífera

El problema es que Bolivia ya conoce demasiado bien este libreto y no solo en las áreas tradicionales. Durante la gestión de Evo Morales se generó una expectativa similar alrededor de Lliquimuni, también en el norte amazónico, que terminó convirtiéndose en una costosa frustración sin resultados comerciales concretos. Hoy, pese al entusiasmo oficial en torno a Mayaya, la información disponible sigue siendo limitada: se completaron estudios preliminares y aparentemente un pozo exploratorio, pero no se han presentado datos técnicos concluyentes que permitan dimensionar reservas, viabilidad económica o plazos reales de explotación a poco que se logra contener la ansiedad.

Varios especialistas del sector han advertido ya sobre el riesgo de repetir errores pasados: convertir un proceso técnico complejo en una herramienta coyuntural de comunicación política. Bolivia no puede darse ese lujo. La caída sostenida en la producción de gas, el desplome de exportaciones y la crisis energética obligan a tratar cada posible hallazgo con rigor, transparencia y visión de largo plazo.

Porque si Mayaya efectivamente representa un descubrimiento significativo, entonces no pertenece a ningún gobierno ni a ninguna coyuntura política. Se trata de un activo nacional cuya planificación debe responder a los intereses permanentes del Estado boliviano y no a las urgencias discursivas del momento.

La política puede celebrar anuncios. Pero el país necesita certezas. Si Mayaya es realmente la oportunidad que se promete, corresponde dimensionarla con seriedad, diseñar una estrategia soberana de explotación y garantizar que sean todos los bolivianos — y no únicamente un gobierno circunstancial — quienes reciban el mayor beneficio posible. En materia energética, la improvisación y la propaganda suelen salir demasiado caras.


Más del autor