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El tren del alba

Cómo sonreían los vecinos y cómo desfilaban los recuerdos de la infancia

Cántaro
  • Nilda Castrillo de Varas
  • 05/09/2021 00:00
Portada el tren del alba

Portada el tren del alba

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Pasajeros

Con el tren

Con el tren

En la litera

En la litera

Pensando en trenes

Pensando en trenes

Tren humano

Tren humano

Tren de juguete

Tren de juguete

Portada el tren del alba
Pasajeros
Pasajeros
Pasajeros
Pasajeros
Con el tren
En la litera
Pensando en trenes
Tren humano
Tren de juguete

Cómo sonreían los vecinos y cómo desfilaban los recuerdos de la infancia cuando pasaba Marcelito tirando de un piolín su trencito de cartón, numerosos chiquilines le seguían tomados de los hombros imitando un tren en marcha al rítmico:

U...U...U...

Corriendo va

corriendo va

el tren de la

amistad

con su chiqui-

chiqui - chí,

con su chiqui –

chiqui – chá

 

Comenzaban, calmadamente, moviéndose en suave vaivén, luego acelerando la marcha, iniciaban una carrera loca, que los dejaba sin aliento, para volver a la marcha natural y parar de golpe, al grito de ¡Estación…! dándole el nombre que en el momento se les ocurría…

¿De dónde sacó Marcelo ese trencito?, ese modesto juguete, distracción incansable de todos los niños del barrio?... Ocurrió así:

La mamá compró una plancha nueva, la sacó de su cajita y la puso sobre la mesa para que cada uno de sus hijos, que eran muchos, opinaran algo de ella... Unos dijeron: ¡Qué brillante!, ¡Qué marca!-; Otros... - ¡Modernísima! ¡Último modelo!, sólo Marcelo callado quietecito miraba embobado.

- Tú, pequeño, ¿no dices nada? -pregunta la madre. Se alza su voz chiquita y responde: -¡Me gusta, sí!, ¡me gusta mamita la locomotora!...

- ¿Qué locomotora? - preguntan a coro.

- La cajita, la cajita de la plancha, -aclaró el niño.

- Ja,ja,ja,ja.

Todos rieron de la ocurrencia.

- Tómala, es tuya -le dijeron- y se la entregaron, él la recibió con muestras de alegría, saltando y repartiendo besos.

A la mañana siguiente se levantó muy temprano. Tomó la cajita y comenzó a trabajar en ella. Pincelada aquí, pincelada allí, rueditas de tapitas de gaseosa, y ya está. -Ahora a buscar los vagones-, se dijo: - ¡ya los tengo!-, grita feliz y lleva consigo un cargamento de cajitas de dentífrico que unidas con hilo forman un convoy de diez vagones, luego... a pintarlos... calar ventanitas, imitar vidrios con papel celofán, imitar pasajeros recortando y pegando siluetas de personas, muchas de ellas sacando la cabeza por las pequeñas ventanitas, poner un cartucho de papel de chimenea, fue cosa de una semana de dormir tarde y levantarse de madrugada.

Cuando la obra estuvo terminada, en cuclillas la contempla arrobado. ¡Lástima que era día de clases! pues, la sacó del embeles la voz cariñosamente enérgica de su padre: -¡Marcelito, a la escuela... carrera mar…!l- (como era un apuesto militar acostumbrado a dar voces de mando, y a hacerse obedecer sin réplica).

Por primera vez, Marcelito no quería ir a la Escuela, quería quedarse a estrenar su juguete. Y... ¿sí dijera que le duele la muela?... Lo llevarían al dentista; ¿Y si la cabeza? donde el médico; no tenía más alternativa que obedecer, y salió rumbo a ella.

En la escuela su pensamiento volaba al hogar, a ese rinconcito secreto donde quedó oculto su trencito de cartón.

La maestra extrañada de su desatención le regañaba a cada instante; pero él ni siquiera la escuchaba. ¿Qué podía interesarle los conjuntos vacíos, si prendido en sus retinas estaba un conjunto de cajitas convertidas en vagones?, las mismas que, en alas de su fantasía, corrían por los campos, corrían por las calles con él de maquinista conduciendo la locomotora.

Se veía sonriendo a toda la gente e invitando a su señorita y compañeros a ir de paseo.

Luego... llegaría la noche, seguirían su viaje y prenderían foquitos de luciérnagas en todos los vagones, cogería una estrella y la pondría en su frente y rasgaría con ella el tul de la noche.

Los alegres grillos formarían la orquesta de ranas, chicharras y voces del campo para recibirlos en las estaciones: con bandas y cantos...

¡Tan... tan... tán...

- ¡Estación!, ¡Estación-, grita el niño.

-¿Estación?-, dice la maestra quebrando la fantasía del pequeño -Es la campana para salir a nuestras casas-

- A nuestras casas-repite el niño ¡Qué alegría! Corre, vuela ! Por fin llega. ¡Ya está junto a él!.

U…U…U…

chiqui – chiqui

chiqui – cha

Marcelito que pertenecía a una familia de buena posición económica, con su actitud preocupaba a sus papitos, pues, éstos pensaban avergonzado en lo que dirían los amigos, los vecinos al ver a su hijito arrastrando esos cajones, debía encontrar la forma de cambiarlos.

El día de su cumpleaños recibió de manos de su padre un paquete grande envuelto en un vistoso papel de regalo.

-Abre, pequeño... es una sorpresa- le dicen.

Al abrir y mirar su contenido se llenó de curiosidad: -¿Qué es, qué es?, preguntaba a todos.

-Ya lo sabrás, lo vamos a armar-, le contestaban.

Se pusieron manos a la obra y no tardaron en presentarle un hermoso tren eléctrico, y su padre le dijo: -Este tren cuesta un platal, es eléctrico y reemplazará al mamarracho con el que juegas...-

-¡Lo hice yo!-, dice el niño lleno de orgullo.

-¡Lo tiras!- ordena el padre, sin advertir el asombro y el dolor que se pinta en el rostro del hijo.

-Te enseñaré ahora cómo se maneja esta belleza... se aprieta este botón... se sube esta palanca... se...se...- - ¿Así?- pregunta Marcelito débilmente.

-¡Nó, no lo toques! ¡Torpe!, ¡Lo estropeas!-, le gritan. Diariamente, el padre armaba el tren eléctrico y jugaba con él, so pretexto de enseñar su manejo al niño;' pero no se daba cuenta de cuando éste desapareció de su presencia. Y ya lejos de las miradas de sus familiares, se encerraba en su dormitorio y metido debajo de la cama, jugaba con su humilde tren construido por él, y que lo podía manejar a su antojo, repitiendo en un susurro:

-"U...u...u...

chiqui – chiqui

chiqui - chá.

Mi trencito

viene y va,

sin permiso

de papá".-

Un día como de costumbre, voló de la escuela a su casa.

Corrió al rincón-estación, y ...¡Oh!,

¡dolor!, su trencito había desaparecido.

Lo busca detrás de las puertas, detrás de los muebles, en el jardín.

Se lo vió por las calles corriendo al compás del rítmico: “¡U...u...u...!-convertido esta vez en desgarradores gritos.

Afligidos sus papas, trataban de hacerle entrar en" razón. - ¡Por Dios!, no llores hijito, comprende, hemos tirado el mamarracho, porque debes jugar con el tren eléctrico, que es un juguete para un niño de tu clase.

Sigue el u...u...u... del niño, con hipos y cara sucia de lágrimas.

-Te compraremos un tren de material plástico-le dicen sus papis consternados.

-¡No!-, grita el niño, -Quiero el mío, mi tren de cartón...!.

Y se durmió llorando.

Un Hada buena que viajaba sobre una estrella se quedó aquella noche en el jardín por casualidad, y se enteró del llanto de Marcelito, porque se lo contó una rosa. Entonces, quiso devolver la alegría al niño triste, fue en busca del juguete perdido y se zambulló en la noche. Por fin, casi al amanecer, dio con el trencito que junto con otros cajones estaba tirado en el basurero, lo amarró a la cola de la estrella y lo llevó poquito a poco hasta el dormitorio del niño, al que besó en ambas mejillas y partió.

Cuando Marcelito abrió los ojos... ¡oh!, ¡sorpresa!, salta de la cama y a grito exclama:

¡Mi trencito ha vuelto, mi trencito ha vuelto!

Y se volvió a escuchar por las calles:

"U...U...U...

corriendo va

corriendo va

el tren de la amistad.

Con su chiqui - chiqui- chíi,

con su chiqui - chiqui- chá-".

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