Apuntes para un 6 de agosto electoral

Las campañas han entrado en su parte sustancial con sensaciones encontradas entre la oposición y entre el oficialismo. En los primeros, la sensación de derrota se va acomodando. Una sensación de anhelo, como de quien se da cuenta de que ha perdido una oportunidad. En los segundos, la euforia desmedida crece al tiempo que Morales insiste en su objetivo de los dos tercios.

Lo cierto es que ni unos están tan mal ni los otros tan bien; más bien al contrario, pero las narrativas y la fuerza de las imágenes va contando la historia a su manera, ganando y perdiendo convicciones.

El 6 de agosto, todavía mucho más que el 22 de enero por muchos cambios de gabinete que acompañen, sigue siendo la gran fecha política del año. Tradicionalmente se llega a la fecha con las discusiones en el punto álgido, y normalmente el Presidente Evo Morales la utiliza para resolverlas o al menos, desanudar algunos de los nudos gordianos.

En 2016 el festejo nacional tuvo lugar en Tarija y el Presidente Evo Morales aprovechó para anunciar algunos fideicomisos para paliar situaciones de emergencia de financiación en los departamentos más dependientes de los hidrocarburos. Fue la primera y tal vez única concesión a las demandas del departamento durante la gestión de Adrián Oliva.

Sin embargo, el año más político fue precisamente el de hace un año celebrado en Potosí.

Alguien de protocolo decidió organizar el discurso central al aire libre en pleno patio de la Casa de la Moneda; para entonces el mar todavía era una expectativa y habían pasado diez meses desde que el Tribunal Constitucional había decidido desobedecer la voluntad del referéndum y conceder la argumentación de la vigencia del Pacto de San José, eliminando de facto la limitación de mandatos. Habían pasado ocho desde que una movilización profesional, surgida al margen de los partidos tradicionales, había logrado tumbar la reforma del Código Penal. Las Primarias eran apenas una idea lejana y no había candidato de oposición.

Morales invitó al Cardenal Toribio Ticona a primera fila y luego le sirvió de excusa, junto al frío, para justificar un recorte en su exposición, la más breve de su historial y que desató todo tipo de controversias sobre su incomodidad en Potosí y la salud del Presidente, verdadero tema de conversación familiar. La oposición gritó durante los 40 minutos que duró su exposición el  entonces aglutinador grito de “Bolivia Dijo No” y la sensación fue de acorralamiento.

Un año después, la sensación es diferente y las encuestas así lo reflejan. El “Bolivia Dijo No”, convertido ahora en una opción partidista, ha ido agotando a los votantes, que interpretan que ha quedado en una especie de consigna vacía de la impotencia y que no ha servido para movilizar a la población en las calles y tampoco para cargar sobre ella un programa electoral ilusionante que lograra un cambio en las urnas.

El MAS, mientras tanto, se aferra al Latinobarómetro que muestra que apenas el 50 por ciento de los bolivianos considera más importante el respeto a la democracia que la seguridad física o económica y frente a los ímpetus de cambio y progreso que le llevaron al poder, presenta ahora a su informe de gestión como carta de valor.

Escenarios de fricción

En este contexto, el 6 de agosto aparece como una oportunidad para todos en la pelea por los encuadres. Una oportunidad para sacar ventaja sobre el adversario, es decir, rascar unos votos que pueden resultar claves. Es posible que algún frente tome alguna bandera y dé la sorpresa, pero en cualquier caso, conviene tener en cuenta algunos apuntes que ya están dejando en claro los operadores de los diferentes frentes.

Se vienen crisis. La ortodoxia capitalista lo advierte, el continente se está desacelerando y eso afectará a todos, también a Bolivia que después de años de crecimiento está ya más expuesto que en 2008 a los vaivenes del mercado mundial. Sin embargo, la economía es un arma de doble filo en esta campaña y nadie se atreve a agitarla con demasiada fuerza.

La oposición ha querido movilizarla, pero el relato económico del MAS es poderoso y está tan posicionado sobre hitos reales, que cualquier familia puede corroborar, que la estrategia opositora requiere de un perfil pedagógico hasta ahora inexistente. La urgencia ante el inexorable paso del tiempo ha llevado a agotar la demagogia: deuda externa elevada  -cuando sigue muy moderada respecto al PIB – y a jugar al escondite respecto a los bonos y a la capitalización de YPFB.

En la incertidumbre, el MAS ha dotado de estabilidad económica al país en 14 años y el hecho de que “la bonanza se hubiera podido gestionar mejor” no quita que los resultados favorezcan al partido gobernante, sobre todo con un padrón joven en el que la comparación es entre padres e hijos.

Mesa se presenta como el cambio tranquilo, prometiendo la continuidad de las políticas económicas – bonos – con algunos ajustes mientras que Ortíz dice que quiere un modelo como el de Santa Cruz, sin especificar si se refiere al de hace una década o al actual, dependiente de las ocurrencias de gobierno con los transgénicos, el etanol caro y la deforestación a la carta.

El 6 de agosto la batalla se volverá a centrar en la economía, a pesar de que la balanza parece inclinada.

La Media Luna se invierte, el MAS pierde en sus feudos. El detalle no es menor. El MAS pierde votos en los lugares donde siempre arrasó y los gana “al otro lado”, en la ex Media Luna autonomista. Del 4-0 en el Senado que logró en La Paz y Oruro, las encuestas le están dando un 2-2 como en Potosí, mientras que el 4-0 se está logrando precisamente en Pando, además de un 3-1 en Beni. El fraccionamiento opositor está facilitando esos resultados en los departamentos orientales, precisamente ante las dudas de la opción más adecuada.

Las visiones de oriente y occidente sobre la coyuntura actual son radicalmente diferentes, pero configuran un escenario conocido: el de la no unidad. Esta semana se ha elevado la virulencia de la campaña de Óscar Ortíz contra Carlos Mesa en una suerte de último cartucho a la desesperada. Hay que esperar para conocer el efecto en la votación, pero lo que es evidente es que Morales se despega mientras el resto se enzarza en batallas surrealistas que ya han enojado hasta al más febril opositor.

Feminismo y Familia. En esta campaña de 2019 han irrumpido con fuerza dos elementos que hasta la fecha se venían pasando por encima: Feminismo y Familia. En 2014, en el marasmo de la guerra sucia, se desveló un audio en el que el candidato Samuel Doria Medina invitaba a irse a Trinidad a la esposa de uno de sus colaboradores más cercanos – Jaime Navarro – que había osado denunciar malos tratos. Por muy guerra sucia, el audio era real, pero no pasó nada. La campaña siguió tan ricamente y el candidato de Unidad Demócrata llegó hasta el final. Apenas logró el 25% de los votos. Ese escenario sería impensable hoy.

Lo cierto es que los conceptos no son opuestos, pero la radicalización de ambos, se acercan. En un país machista como este, los políticos hacen esfuerzos – no todos – por no herir sensibilidades en la nueva ola feminista que también se ha instalado para siempre en Bolivia.

A la vez, la radicalización de los discursos Pro – Vida, que han llegado de la mano de las iglesias, tanto Evangélicas como Católicas han aportado crispación en asuntos que no estaban en discusión.

Morales no era sospechoso de pretender la liberalización del aborto o de autorizar el matrimonio gay, pero el discurso importado ha hecho que los candidatos tomen precauciones. Incluso el más progre en la materia, que era Carlos Mesa, ha acabado por incorporar en sus listas a personajes de lo más extremos en sus planteamientos.

El terreno internacional. La elección se gana o se pierde en Bolivia. Los candidatos ya lo tienen claro. No hay ni un atisbo de posibilidad de que la Comunidad Internacional contribuya en algún sentido en la elección. La oposición jugó en algún momento cartas hacia la Corte Interamericana de Justicia y la OEA, y más allá del aplastamiento que recibieron con la llegada del controvertido Nicolás Almagro, ejecutivo de la OEA, que dio un abierto respaldo a Evo Morales en su intención de reelegirse.

En la coyuntura internacional, lo de menos es la legalidad constitucional endógena. Los poderes quieren presidentes que no den problemas y Evo Morales es uno de esos. La última, y grosera, ha sido la no asistencia al Foro de Sao Paolo, tal como le había recomendado el presidente brasilero Jair Bolsonaro en un claro caso de injerencia y chantaje, pero por lo general, Morales está más cómodo – y más tiempo – entre Presidentes del centro derecha que arropando a sus teóricos aliados. Morales está cada vez más cerca de Macri y más lejos de Maduro, y eso que parce que va ganando.

Morales ha perdido identidad bolivariana y se ha garantizado puertas abiertas en todo ello. La realidad supera la ficción. Nadie quiere problemas.


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