Venezuela y el bloqueo

La salida de la crisis no debe pasar por la violencia sino por el diálogo y la democracia, una forma de gobierno que por cierto no satisface al 71% de los vecinos de este continente

No se puede hablar de Venezuela sin antes mencionar que es la primera reserva mundial de petróleo. Dicho esto, los días que pasan en la cuna de Bolívar y los reportes dan cuenta de una escalada de violencia y tensión que obliga necesariamente a la reflexión de todos aquellos quienes algún día creyeron en que el continente sudamericano podía tomar otro rumbo en su todavía adolescencia independiente.

Se cumplen 20 años desde la posesión de Hugo Chávez como presidente de Venezuela, un personaje al que incluso sus detractores le reconocen la capacidad de imaginar un destino diferente y la de recuperar y tratar de cohesionar un imaginario sudamericano, una narrativa bolivariana propia, capaz de elevar la autoestima y dignidad de un continente demasiado maltratado en la esfera internacional.

El chavismo fue capaz de neutralizar primero y desbaratar después la Mesa de Unidad Democrática, que quedó presa de sus propias ambiciones en los municipios y los Estados y las ganas de llegar al poder que enfrentó a sus principales líderes.

En Venezuela no sucede otra cosa que el propio agotamiento de un sistema que se ha estirado lo más posible y que, sin alcanzar los objetivos previstos, se ha enredado en un sistema económico ortodoxo y, sobre todo, ha sido azotado por la descomposición ética y moral de la clase dirigente, que se manifiesta en forma de corrupción, pero no solo.

El Gobierno de Maduro está acorralado por los errores propios y por su propia autodestrucción. Los gobiernos personalistas que se dieron a principio de siglo en el continente han llevado mal las sucesiones y Venezuela no es la excepción. Maduro no es Chávez ni 2019 es 2002, pero Maduro es el Presidente constitucional y tiene opciones de retomar el pulso.

La oposición se juega su última carta. El chavismo fue capaz de neutralizar primero y desbaratar después la Mesa de Unidad Democrática, que quedó presa de sus propias ambiciones en los municipios y los Estados y las ganas de llegar al poder que enfrentó a sus principales líderes. Cayeron en la trampa de Maduro y la solución fue no participar en las elecciones Presidenciales de 2018, convocadas anticipadamente visto el lío generado, pero con los mismos parámetros, árbitros, etc., que las elecciones legislativas recientes que dieron precisamente la victoria a la oposición.

En una crisis política de estas dimensiones hay tres salidas: la intervención extranjera, el golpe de Estado clásico y la convocatoria de elecciones. La oposición ha jugado su órdago y el autoproclamado Juan Guaidó ha recibido el respaldo de los duros (EEUU y Grupo de Lima), pero en ningún caso se ve posible una intervención militar en suelo Sudamericano, aunque la escenificación de esa posibilidad presiona.

Al final, la democracia pasa por ser ese sistema  en el que el pueblo elige a quien va a manejar a las fuerzas represivas del Estado. Juan Guaidó puede proclamarse Presidente y gracias a la presión internacional, no ser detenido por sedicioso, pero por el momento se ve difícil un golpe militar por mucho que se ensaye la tensión entre los militares y la Guardia Nacional y se insista en la tensión entre Maduro y el delfín frustrado Diosdado Cabello.

La UE, México, España y otros países clave han pedido la convocatoria de elecciones democráticas, que se entiende deberían ser administrados por otro ente, algo que ningún Estado soberano aceptaría, pero en cualquier caso, la salida de la crisis no debe pasar por la violencia sino por el diálogo y la democracia, una forma de gobierno que por cierto no satisface al 71% de los vecinos de este continente según el último latinobarómetro. Ese 71% prioriza seguridad y bienestar económico, algo para lo que un nada democrático bloqueo que provoca desabastecimiento ha abonado el terreno.

Lo cierto es que el pragmatismo se impuso a la utopía, el asalto al poder salió mal, la corrupción afloró y el corto plazo devoró la estrategia. El boicot, la violencia, la injerencia y el sometimiento han hecho el resto. Es necesario eliminar los fantasmas, recordar las propuestas, purgar los aparatos y sacar a los partidos de esta sinrazón del poder, que ha hecho olvidar lo importante: la gente.