La electricidad es hoy por el principal motor de la vida humana, por encima de la importancia que durante toda la vida se ha dado al petróleo. Tal vez por motivos similares pero bien diferentes. Mientras una parece ser infinita, pues de cualquier cosa hoy por hoy parece posible conseguir energía eléctrica para los propósitos de desarrollo; el otro siempre se ha definido como un bien finito que lleva agotándose desde los años 70, aunque no dejan de aparecer técnicas nuevas que permiten buscar más lejos, más profundo, incluso, provocar la liberación del carburante mediante técnicas agresivas como el fracking.

Ambas situaciones tienen efectos particulares en el mercado, que no suelen coincidir con las reglas del libre mercado, a pesar de que los dueños de ambos negocios suelen hablar y mucho de los beneficios del capitalismo para el bienestar mundial. Lo cierto es que ninguno de los dos mercados se manejan dese la óptica liberal, aunque en muchos Estados se quiera aparentar  que sí es así:

Es lo que está pasando en Brasil, con Jair Bolsonaro liberalizando el sector energético y descuartizando Petrobras luego de que sea el Estado el que más ha hecho por garantizar el acceso del mercado al servicio, y que haya hecho todos los esfuerzos en el Presal para garantizar su propia soberanía con hidrocarburos en aguas profundas.

Es también lo que viene pasando en la Argentina de Macri, donde se han incrementado exorbitantemente las facturas del servicio mientras el Gobierno entregaba generosas subvenciones para los privados que invirtieron en fracking en Vaca Muerta, proyecto en el que tuvo todo que ver la estatal YPF.

En Bolivia, por el momento, el monopolio eléctrico está garantizado, aunque con ciertas peculiaridades en la distribución y en el propio manejo de la Empresa Nacional de Electricidad, que ha generado una suerte de ansiedad capitalista por generar beneficios que no acaba de cumplir con su objetivo último.

Desde que el Estado recuperó el monopolio, es cierto que se ha mejorado la transmisión, la producción, la distribución, e incluso se han logrado integrar zonas fronterizas remotas, como Tarija, aunque solo fuera por la sencilla necesidad de llegar al Chaco para aprovechar las reservas de gas en la producción.

De momento, las termoeléctricas han sido la principal respuesta a la demanda, a pesar de que se viene hablando de proyectos alternativos y de energías limpias demasiado tiempo sin muchos avances reales: una planta solar en Yunchará, algunos molinos en Santa Cruz o Cochabamba, alguna represa… y poco más. Quemar gas sigue siendo el principal modo del que se hace electricidad en Bolivia, sin que además esto haya supuesto un cambio importante para las regiones donde eso se realiza.

Ayer se inauguró la ampliación de la termoeléctrica del Sur, pero no se hizo ninguna referencia a la vieja demanda chaqueña de rebajar la tarifa industrial para las empresas que se instalen precisamente en el Chaco para generar puestos de trabajo y garantizar así una eficiencia energética mayor, pues los técnicos explican meridianamente claro la pérdida de calor en el transporte.

Es tiempo de grandes retos medioambientales por la sostenibilidad del planeta, y aunque es cierto que hay cuestiones de soberanía para el propio desarrollo irrenunciables, también es cierto que se pueden tomar medidas que garanticen un mejor uso, aunque suponga “deslocalizar el eje”.

DESTACADO: En Bolivia, por el momento, el monopolio eléctrico está garantizado, aunque con ciertas peculiaridades en la distribución y en el propio manejo de la Empresa Nacional de Electricidad