Uno de esos días

La lluvia fue simplemente el preludio de un día nefasto.

Sobre todo cuando te das cuenta de que te has dejado el paraguas en casa y tienes que andar quince minutos desde la parada del autobús en el que has viajado apretujado, porque a las siete y media de la mañana el coche te ha dejado tirado en medio del tráfico, que han causado las inundaciones, estropeando los semáforos y provocando la colisión de un turismo y un taxi en medio de la avenida que utilizas para llegar al trabajo, al que hoy has llegado cuarenta minutos tarde y has tenido que aguantar la bronca de tu jefe, que desde que su mujer le dejó la semana pasada se ha vuelto más susceptible y se pone de los nervios cada vez que se quema la lengua porque el café que le ha traído la secretaria está demasiado caliente o porque no se cumplen los plazos de presentación de los proyectos o simplemente porque no le gusta la corbata que llevas, ya que según él es la tarjeta de presentación de la empresa en el exterior y debe denotar prestigio y poder, cosa que por otra parte es difícil aparentar cuando tienes un sueldo miserable que te obliga a comer todos los días de tupper para poder ahorrar lo suficiente para pagar la hipoteca, el seguro del coche (sí ese que luego te deja tirado) y comprarle un detallito a tu mujer, que últimamente se queja porque nunca estás en casa y cuando estás no te separas del ordenador portátil y del teléfono móvil de la empresa, que ya se podría estirar un poco y darte uno que al menos no te dé vergüenza sacar a la calle y que no te haga moverte por toda la oficina en busca de un poco de cobertura, pero ya se sabe hay que ahorrar costes, que no horas extras, que no sólo están mal pagadas, sino que se prolongan esos quince minutitos de más por los que llegas tarde a recoger a tu hijo de sus clases de karate y que te obligan a comprarle alguna chuchería para que no piense que eres el peor padre del mundo y no te dirija la palabra en el trayecto de vuelta a casa, en el que hoy dadas las circunstancias has decidido coger un taxi que conduce un hombre empeñado en darte conversación cuando lo único que quieres es disfrutar del silencio del que no has podido gozar en todo el día, ése día que por fin llega a su fin, no sin antes pisar un charco al salir del taxi, acordarte de que te has dejado las llaves de casa en la guantera del coche, que la grúa ha retirado finalmente por el precio de un riñón, porque el otro te lo has dejado subiendo por la escalera los seis pisos por la avería del ascensor, dándote cuenta de que la vida hace tiempo que te robó la juventud y que no es casualidad que se haya asomado una cana por tu pelo.

Pero cuando por fin entro en casa y me recibes con uno de tus abrazos, lo olvido todo…

Hoy mi canción es: “Bad day” Daniel Powter