Una Tarija entre elecciones, chicha, algarabía y fiesta

Momentos políticos los tuvo Tarija desde antaño, aunque en otras épocas las elecciones y las autoridades no le quitaban el sueño a nadie. El que se celebren comicios en el pago era motivo de gran fiesta, pues éstas se realizaban con gran algarabía.

Se dice que había mucha ingenuidad y que los “políticos buscaban trabajar por su gente en muchos casos ad honórem”. Augusto Díaz a sus noventa años recuerda a grandes políticos y ciudadanos tarijeños, aunque del que más se acuerda es de Isaac Attié.

Dice que años antes las elecciones constituían una fiesta en la que se seguían ciertos rituales, que rememora con mucho cariño. De acuerdo al escritor Agustín Morales, en su libro Estampas de Tarija, los candidatos siempre revoloteaban el avispero con sus preparativos, campañas, manifestaciones, bullas y otras novedades.

Las más recordadas fueron las elecciones para los munícipes en las que intervenían “prestigiosos caballeros”, que terciaban para servir a su ciudad “posiblemente con desinterés porque los cargos de munícipes  y Concejo Municipal fueron honoríficos, por tal motivo los contendientes solo buscaban hacer triunfar su causa política”, asegura el escritor.

Según Morales solo existían dos corrientes o partidos políticos que se disputaban el poder: los liberales y los republicanos. Con seguridad la ciudadanía se dividía en esas dos fracciones, pero lo hacía apasionadamente, pues se recuerdan las manifestaciones en las que se daban “vivas o mueras” según el partido que se defendía.

Augusto recuerda que los muchachos lo único que hacían era escuchar, seguir con interés y estar en cuanto boliche alterara la tranquilidad, y éstos aumentaban a medida que se acercaban las elecciones, formándose “cuarteles o comités” como le llamaban a los locales, donde se reunía la gente para preparar los ánimos.

Uno de los aspectos más llamativos de las elecciones de antaño era la unidad que existía entre campo y ciudad. Muestra de ello fue el arribo de «montoneras» de chapacos que ingresaban a la ciudad, sea a caballo o a pie, dando vivas a su partido y a sus candidatos.

Éstos daban una vuelta a la plaza y luego iban a sus respectivos «cuarteles», donde abundaba la chicha, el vino y otras bebidas. Se cuenta que de ahí no podían salir hasta instantes previos a la votación.

Sobre el lugar de la votación, ésta se realizaba en la plazuela Sucre, donde se instalaban unas casetas cubiertas con lienzo, mesas, ánforas y todo lo que se necesitaba para los comicios.

“Todo esto se realizaba al aire libre, no había división o separación entre mesas, más que una línea imaginaria que se respetaba; allí acudían los votantes para recibir su sobre e ingresar a votar, desde luego tenían que ser ciudadanos calificados», relata Morales.

Agrega que éstos hacían cola para todas estas formalidades, previa selección de las papeletas dentro de las casetas. Los electores de la ciudad votaban normalmente, pero a la gente del campo la llevaban comisionados, formados, bien cuidados, para que no se desvíen hacia otros comités rivales.

Mientras todo esto sucedía se distraía a los votantes con empanadas y chicha en los respectivos «cuarteles». Después de los escrutinios, públicos y con nerviosa concurrencia que controlaba el triunfo de sus candidatos, ya tarde, comenzaban las manifestaciones de los triunfadores o perdedores, Ilegando algunas veces por la euforia a levantar en hombros a los candidatos favorecidos, pero también a veces se agarraban a las “piñas”.

“Eran esos momentos los que gozaban los jóvenes, siempre que la situación no pasaba de los vivas al partido liberal o mueras al republicano, porque si las cosas pasaban a mayores, había que escapar corriendo a la casa, como cuando los adeptos del candidato a Senador Dr. Adolfo Trigo Achá, `patas chicas´, se fueron a los tiros a la orden de maten y apilen, yo respondo», escribe Morales.

Un candidato popular

El primer candidato popular según documenta Morales participó de las elecciones de 1938, esto fue muy llamativo para la población, pues años antes los candidatos eran quienes poseían dinero, sobre todo porque tenían que gastar para conquistar al electorado.

Más aún por gozar de simpatías se presentó un candidato pobre, quien era don Alberto Sánchez Rossel («Pato»), intelectual apreciado, inquieto y que se lo consideraba como una esperanza para su pueblo, principalmente para la gente pobre, pues ésta fue quien lo proclamó apoyándole durante toda su campaña.

Así le proporcionaron unos, dinero, las vivanderas le donaron comida y las chicheras chicha abundante. De esta manera fue el pueblo quien lo llevó al triunfo, pero tiempo más tarde y según cuentan se camufló en la politiquería criolla. Por años las votaciones transcurrieron de esta manera hasta que los partidos tradicionales fueron apareciendo en escena.

 

Apuntes sobre la temática

Chicha

Mientras todo esto sucedía se distraía a los votantes con empanadas y chicha en los respectivos «cuarteles». Después de los escrutinios, públicos, ya tarde, comenzaban las manifestaciones de los triunfadores.

Unidad

Uno de los aspectos más llamativos de las elecciones de antaño era la unidad que existía entre campo y ciudad. Muestra de ello fue el arribo de «montoneras» de chapacos que ingresaban a la ciudad, sea a caballo o a pie.

Los jóvenes

Los muchachos lo único que hacían era escuchar, seguir con interés y estar en cuanto boliche alterara la tranquilidad, y éstos aumentaban a medida que se acercaban las elecciones