Un sabor desconocido

Era un buscador que había cruzado los mares tratando de encontrar un maestro que le ayudara en su senda espiritual. Llegó a la meseta del Tíbet y pidió instrucción espiritual a un monje. Éste le dijo que lo único que debía hacer era meditar.

-Puedes investigar, leer muchos libros, escuchar a cien maestros, pero probablemente no obtengas lo que buscas. Entregarse a la meditación es el mejor camino. No dejes de meditar.

Así lo hizo el buscador. O, al menos, así intentó hacerlo. Lo cierto es que no le resultaba nada sencillo. Por más que trataba y trataba, no llegaba a nada: la práctica de la meditación no le gustaba.

El maestro escuchó las quejas del buscador, pero nada dijo. Sólo se limitó a ordenar que trajeran una taza de té para el occidental. Éste se sintió halagado y, a la vez, más tranquilo: un té le ayudaría a relajarse.

Nada más se lo trajeron, se lo llevó a la boca y tomó un sorbo. Era horrible. A punto estuvo de escupir todo, pero se contuvo. El maestro esbozó una sonrisa.

-Ya veo que no te ha gustado nuestro té. Pues a mí me encanta, lo tomo todos los días. Es té muy fuerte con una capa de manteca de yak. Me ayuda a aclarar mi mente y me da energías.

-Pero tiene un sabor por demás extraño.

-Es que no estás acostumbrado, eso es todo. Si lo tomas a diario te gustará, y comenzarás a notar sus efectos sobre tu cuerpo y tu mente.

El buscador comprendió al momento, y se retiró en silencio.