Las previsiones de crecimiento económico para el futuro inmediato no son halagüeñas. La región anda deprimida y sin perspectivas de pronto despegue. Bolivia, el “oasis” en el desierto económico regional, también sufrirá mayor desaceleración, aunque lo de oasis todavía aplica.

Es difícil encontrar expertos que aseguren que las políticas conctracíclicas aplicadas por el gobierno de Evo Morales no hayan funcionado. Efectivamente, cuando empezó a caer el precio internacional del petróleo, y con ello el grueso de los ingresos por exportaciones, el gobierno aplicó un aumento del gasto e inversión pública, con el fin de contrarrestar los efectos de la crisis internacional y mantener a flote la economía.

Funcionó y funciona. Cuando había bonanza y después. Si antes la plata venía del gas, ahora viene de la deuda externa, y la economía todavía está aguantando. La pregunta es cuánto más durará esta estrategia, que muchos advierten se hace menos sostenible con el paso de los meses.

Según la Alianza Latinoamericana de Consultoras Económicas (Laeco, por sus iniciales en inglés), el modelo ya se agota. Su previsión de crecimiento es la más pesimista entre todos los organismos nacionales e internacionales: 2,8% para el año 2020. Mientras, el FMI proyecta que será del 3,9%.

De cualquier manera, Bolivia sigue mejor parada que los vecinos. Las previsiones de la pesimista Laeco dicen que este año Latinoamérica tendrá un crecimiento negativo este 2019 (-0,1%), mientras que Bolivia crecerá en un 4% según las previsiones. Incluso el próximo año, cuando la economía regional crecerá en un 2%, la cifra de Bolivia es más elevada.

El problema de todo esto es que no sentaron las bases para generar ingresos de otras fuentes que no sea la renta extractiva

Según el FMI la tendencia es similar: Latinoamérica crecerá entre 1,1% y 2,4% en 2020, por debajo del 3,9% previsto para Bolivia.

El problema es que las fuentes de financiamiento son menores: al ser ahora un país de ingresos medios, la cooperación internacional no prioriza a Bolivia como antes.

El margen de endeudamiento también está decreciendo. Si bien la deuda externa bordea el 25% del PIB, aún lejano al límite del 50% establecido por las recetas ortodoxas del capitalismo global, las previsiones son de mayor endeudamiento en los próximos años para seguir financiando el gasto público. De hecho, hay un supuesto crédito chino de 7 mil millones de dólares que habrá de ser desembolsado poco a poco, del que nadie ha vuelto a hablar, pero que reducirá bastante el margen de endeudamiento si se concreta.

Por otra parte, el costo de endeudarse tiende a subir. No sólo porque Bolivia ya no es prioritaria en las listas de países pobres que necesitan crédito concesional y barato, sino porque su calificación de riesgo está con perspectiva negativa y podría reducirse en un futuro próximo, precisamente porque su situación macroeconómica no es lo que era. Esto significa que tendrá que pagar más intereses por prestarse del exterior.

El problema de todo esto es que no sentaron las bases para generar ingresos de otras fuentes que no sea la renta extractiva. Eso nos vuelve dependientes de factores externos, que no controlamos, y se pinta como insostenible. Eso, aunque aguante este año más, no es soberanía.


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