Un cambio de apariencias

El protagonista de este cuento es un lama joven, con una gran alegría de espíritu, que acostumbraba a tratar a sus alumnos con la misma alegría. Tenía muy en claro que la vida espiritual debía ser placentera, y que lo triste y solemne no eran garantía de una adecuada transmisión de conocimientos.

En el trato con sus alumnos era muy cordial, escapaba a los artificios y disfrutaba de su tiempo como maestro. Tenía un método de enseñanza muy personal: enseñaba en el patio del monasterio a través de juegos, riendo, bailando cada tarde. Contaba cuentos con remates divertidos, e invitaba a sus alumnos a que se sumaran a esos relatos. Evidentemente, era muy querido por todos.

Pero un día, un grupo de fieles que había ido al templo, observó cómo se divertían todos, y se escandalizó por las risas y el griterío. Elevaron una queja al abad del monasterio, porque consideraban que el lama era irrespetuoso e irresponsable.

El abad del monasterio llamó al lama y lo puso al corriente de la situación. Le pidió que cambiara sus métodos de enseñanza. El lama pacientemente replicó:

-Puedo cambiar de método, pero todo seguirá igual.

El lama cambió de método. Indicó a sus alumnos que debían guardar silencio estricto, permanecer en una estoica postura durante las meditaciones, no reírse, etc.

Cuando los fieles los vieron nuevamente, se sorprendieron por el cambio. Pero tampoco estaban conformes. Se fueron a quejar al abad por lo que consideraban un exceso de disciplina a la hora de impartir las enseñanzas.

El abad llamó al lama nuevamente y le dijo:

-Tenías razón. Como tú decías, nada ha cambiado. Así que puedes enseñar con el método que más te plazca, yo te autorizo.

El lama, lógicamente, volvió a su personal método para enseñar la doctrina.