Transparentar las campañas políticas

Más allá de la polémica coyuntural, los bolivianos necesitamos saber cómo cada cuál financia su campaña y a quién le va a deber favores, al final, cada candidato. No vale escudarse en que es dinero privado cuando lo que está en juego son las riendas del país

Tan improbable es haber recaudado 10 millones de dólares en kermeses como tener un “presupuesto 0” para la campaña electoral. Ambas parecen exageraciones absurdas cuyo efecto es el descrédito inmediato. Sin embargo, flaco favor nos haremos si en lugar de entrar al fondo de la cuestión, nos limitamos a seguir impulsando el chisme estéril.

Las campañas electorales se han comercializado exageradamente. El marketing ha copado todo un espacio político haciendo creer a bohemios advenedizos que nunca se interesaron por la política, al menos por interiorizar los conceptos, pueden ser presidentes. Ahí está Donald Trump como ejemplo paradigmático, que se estuvo preparando durante años, pero no leyendo a Rousseu ni a Maquiavelo, sino invirtiendo sus ingentes recursos en el espectáculo y en la frivolización del servicio público. Aunque no hay que irse tan lejos para encontrar ejemplos semejantes.

Lo cierto es que es más probable que una campaña nacional tienda a costar 10 millones de dólares que 0 bolivianos. En la actualidad, todo se ha tecnificado y profesionalizado: equipos de estrategas internacionales que cobran millonadas solo por respirar; al menos un jefe de campaña, un jefe de comunicación y uno de logística, con sus subordinados; media docena de lemas de campaña que deben renovarse cada mes y cada cual debe ir acompañado con materiales para todos los soportes; pagar a Facebook y twitter, que no tributan en Bolivia… Ahora se ha sumado hacer campaña en el exterior, así que hay que sumar a las decenas de desplazamientos internos, los viajes al exterior y las apariciones en medios internacionales.

A todo eso hay que sumarle los gastos de siempre, porque por muchas redes que se hagan, las campañas se ganan en tierra como bien saben los políticos de siempre: poleras, gorritas, regalitos de todo tipo, bolsas, escenarios, perifoneo, amplificaciones, gigantografías, carteles, empanadas, refrigerios, pasajes, alquileres de casa de campaña, vehículos, etc…

Sin el apoyo público, la política pasa a ser coto privado o de los millonarios, de los patrocinados, sea por Estados extranjeros o por empresas con intereses en el país; o de los que ya usufructúan el poder, confundiendo partido – Estado

Lo cierto es que en campaña se gastan millonadas, y aunque nadie ha hecho un análisis pausado de lo que realmente cuentan en un resultado, nadie está dispuesto a quedarse atrás.

En casi todos los países del mundo civilizado, y también en Bolivia hasta hace bien poco, los Estados subvencionan la actividad política bajo la lógica de que hacer política cuesta y todos los ciudadanos deben poder hacerla. El desprestigio de los partidos políticos en Bolivia, el auge del populismo y otras situaciones hizo que se eliminaran esos recursos para hacer política, jaleado por muchos en su momento, pese a las profundas consecuencias que ha dejado.

Sin el apoyo público, la política pasa a ser coto privado o de los millonarios, que difícilmente representan la voluntad de la mayoría; o de los patrocinados, sea por Estados extranjeros o por empresas con intereses en el país; o de los que ya usufructúan el poder, confundiendo partido – Estado hasta el punto de llegar a asegurar que la campaña cuesta “0”.

No parece probable que a estas alturas alguien proponga recuperar inmediatamente la subvención, que por otro lado exigiría una rendición de cuentas intensiva. Sin embargo, no es posible que alegando la privacidad de los recursos que se emplean en campaña, los candidatos y los partidos no tengan que rendir cuentas ante nadie.

Cuando lo que está en juego es tomar las riendas del país, todos los bolivianos deberíamos saber quién está detrás de cada quién y a cambio de qué, de eso se trata ser ejemplar y transparente.