Trabajar y ser mujer

Ciento setenta años es el tiempo que tardaríamos en alcanzar la igualdad económica entre hombres y mujeres en el mundo. Así de distantes estamos, así de desiguales nos desenvolvemos. Por ejemplo, las mujeres perciben un 23% menos de salario en promedio por idéntico trabajo. Este porcentaje de desigualdad salarial a escala mundial se repite en Bolivia.

En nuestro país, el 49% de la población económicamente activa está compuesta por mujeres, es decir que el sector femenino es casi la mitad de la población trabajadora. A la hora del reparto de trabajos, las mujeres se quedan con los empleos más precarios, los de baja productividad, los eventuales, los temporales. Esto da lugar a que seis de cada 10 trabajadoras ganen menos del salario mínimo, lo que raya en la explotación.

Las mujeres tienen los trabajos más precarios por falta de oportunidades. La desigualdad en la distribución del trabajo remunerado con el no remunerado o de cuidado recae casi exclusivamente sobre ellas. Mientras un hombre emplea cerca de 18 horas semanales en las labores de casa, una mujer utiliza 40 horas por semana en las mismas tareas, relegando el estudio, la tecnificación y su propio descanso.

Si bien el Art. 338 de la Constitución señala que “El Estado reconoce el valor económico del trabajo en el hogar como fuente de riqueza y deberá cuantificarse en las cuentas públicas”, aún no se han implementado políticas públicas que sean verdaderas señales de reconocimiento de ese aporte, hecho principalmente por las mujeres en beneficio del desarrollo de toda la sociedad. Ni los trabajos de cuidado de niños, ancianos y enfermos; ni las labores domésticas han sido contabilizadas en las cuentas públicas, no se ha considerado su remuneración ni su retribución. Por eso, el artículo constitucional citado es solo un logro de papel para la sociedad boliviana en su conjunto.

Por ejemplo Jhenny, paceña de 23 años, dejó sus estudios de auditoría porque su hermano mayor, quien sostenía la casa junto con su madre, quedó inválido después de un accidente. La madre es profesora en dos establecimientos (diurno y nocturno). Jhenny dejó todo para atender a su hermano, bañarlo, cambiarlo, darle sus medicinas, cocinar, limpiar la casa, lavar la ropa, realizar las compras, ayudar a su mamá durante la noche a hacer manualidades para el pequeño emprendimiento de cotillón que realizan para cubrir sus gastos. Cuando a Jhenny le preguntan ¿y tú, cuánto tiempo empleas en ti? Mira, sonríe y dice: “Yo no importo ahora, más adelante me ocuparé de mí”. El más adelante quizás llegue cuando esta joven de 23 años se quede sola y la sobrevivencia la incluya en el sector informal, sin oportunidad de capacitación, sin ningún beneficio social al final de su vida.


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