Tiempo de reparación

Con un apoyo lento y caro por parte del Gobierno, la parálisis del departamento va saliendo adelante a pesar de las numerosas zancadillas y avivadas: de los débitos automáticos a la intervención del reformulado al alza. Es tiempo de ir más allá.

Se empieza a acabar una legislatura que ha sido especialmente intensa en lo económico y mucho menos en lo político. Una legislatura que ha revelado algunos posicionamientos tanto en lo nacional como en lo departamental de algunos actores clave. Una legislatura con muy poco amor, y con no tanto odio. El año que viene para estas fechas ya se habrá cerrado un ciclo electoral y quien sea que ocupe el despacho principal en la Casa Grande del Pueblo o en el Salón Rojo de la Gobernación, tendrá cinco años por delante.

La legislatura ha venido marcada por una crisis económica que fue real y de grandes proporciones, pero que ha puesto en evidencia lógicas perversas y herencias de abandono sistémico que han impedido al departamento crecer en la medida que hubiera podido hacerlo. Una gestión desastrosa como la de Lino Condori – que ciertamente dio continuidad a los desmanes y vicios que ya habían iniciado durante la gestión de Mario Cossío y sus obras faraónicas – se fue al traste cuando el barril de petróleo pasó de 100 a 30 en doce meses y nunca más volvió a subir. Hoy sigue en el entorno de los 60.

El rehabilitado ministro de Economía reconoció el riesgo de recesión dos años después del derrumbe del petróleo, y aún hubo que esperar casi doce meses más para aplicar su propia receta: inyectar dinero público vía crédito o fideicomiso

Cuando esto pasó, Tarija quedó a la intemperie. La gestión autónoma de Condori fue siempre supervisada por el Ministerio de Economía, pero levantó las manos cuando más falta hacía que apoyaran al principal departamento productor de hidrocarburos. El reposicionado ministro de Economía Luis Arce Catacora reconoció el riesgo de recesión en el departamento dos años después del derrumbe, y aún hubo que esperar casi doce meses más para aplicar la receta que él mismo había recomendado – y debía autorizar -: inyectar dinero público a través de fideicomisos y créditos para evitar que los proyectos en marcha se paralizaran y la crisis financiera se convirtiera en una crisis social. El ABC de la ortodoxia económica.

No es “llorar sobre la leche derramada” como dicen los nuevos masistas que nunca tuvieron que pelear por sus derechos, ni se trata de un problema de gestión como quieren hacer ver los eruditos y oportunistas, se trata de que a la Gobernación llegan 100 millones de dólares y el Estado maneja 40.000. Es una cuestión de padres e hijos.

Con un apoyo lento y caro, la parálisis del departamento va saliendo adelante a pesar de las numerosas zancadillas y avivadas: de los débitos automáticos para proyectos municipales a la intervención del reformulado por parte del Gobierno para asegurarse sus contrapartes.

La pasada semana llegó el Ministro Arce Catacora a hablar de los débitos con Gobernación y alcaldes y de otros aspectos de la gestión. Hubiera sido un lindo momento para que todos arrimen el hombro por un departamento que tiene la impresión de haber perdido una buena oportunidad para hacerse importante entre peleítas y ambiciones de unos y otros, pero todo parece apuntar a un choque de trenes.

Es tiempo de hablar del futuro, sí, pero sin olvidar el pasado. De lo contrario, no habremos aprendido nada.