Tariquía, el punto de inflexión

La exploración en la Reserva de Tariquía es el resultado de una incapacidad sostenida durante una década para gestionar un sector estratégico con capacidades propias y el nada soberano gusto adquirido por la plata fácil

Cuando en la emergencia revolucionaria de Bolivia a principios de siglo se empezaban a delinear prioridades para un cambio necesario, la bandera ecologista era ya objeto de muchos debates en el marco de los que ya se desarrollaban a nivel mundial. El planeta se iba al carajo, pero nada podría asegurar un desarrollo sostenible mientras los pobres siguieran siendo pobres y los ricos, ricos. Los conceptos de soberanía y subordinación tecnológica entraban de lleno en el debate, pues dentro del “buenismo” de la causa ambientalista subyacía el convencimiento de que lo más saludable para el planeta sería garantizar el almuerzo diario para todos sus habitantes y no cuatro para unos y ninguno para otros.

China y otros, pero sobre todo China, reclamaron su derecho de desarrollarse quemando la misma parte del planeta que lo habían hecho los que entonces clamaban por su respeto y cuidado. En lo concreto, rechazaban las nuevas tecnologías destinadas a cuidar mejor el planeta, no porque fueran suicidas, sino porque las patentes y derechos estaban en manos de aquellos que en su momento se desarrollaron explotando minas a cielo abierto, sacando petróleo por las quebradas y llenando de plástico hasta el último centímetro del hábitat.

Bolivia, como China, reclamaba su derecho a sobrevivir produciendo urea y plásticos, lo que no significaba no tomar todos los recaudos ambientales en el proceso; pero de ahí al fracking en una década hay un largo viaje que explicar

“Madre Tierra con soberanía” fue más o menos la bandera que acabaron adoptando los países en vías de desarrollo, entre ellos Bolivia, cuyo Gobierno aprovechó el perfil indígena creado para Evo Morales y la incorporación del tema ecologista a la agenda postmoderna para tratar de visibilizarse. Entre el empuje chino, los bonos verdes, las concesiones de unos y otros, la guerra contra el terrorismo, la ausencia de un bloque divergente y el poder del lobby petrolero, la Agenda del Milenio fue sustituida por la Cumbre del Clima de París y cada cual fue haciendo lo que más o menos pudo o quiso a nivel mundial. En general los activistas coinciden en que Gobiernos y ciudadanos se rasgan las vestiduras en público y optan por lo más rápido y barato en privado: se impuso la agenda desarrollista con matices ecologistas allí donde el negocio lo permite.

El Gobierno de Evo Morales es uno de los paradigmas de este cambio de visión. De la agenda pachamamista al fracking en doce años es algo difícil de explicar. La nacionalización fue una cuestión de soberanía y en 2006 se apostó con decisión por ella. El Estado debía hacerse cargo de sus recursos no renovables y altamente contaminantes. Bolivia, como China, reclamaba su derecho a sobrevivir produciendo urea y plásticos, lo que no significaba no tomar todos los recaudos ambientales en el proceso de extracción ni buscar las fórmulas más modernas para buscar plásticos ecológicos, si es que tal cosa conjuga.

Tal vez no todo esté perdido en estos tiempos preelectorales de encuestas e índices de aprobación. La exploración en la Reserva de Tariquía es el resultado de una incapacidad sostenida durante una década para gestionar un sector estratégico con capacidades propias y el gusto adquirido por la plata fácil. Hay alternativas. Ojalá fuera por el recuerdo de los compromisos adquiridos y las banderas izadas. Mientras hay resistencia, hay alternativas.