Sudamérica ante el desafío en Venezuela

Tras el fallido intento de golpe, la escalada de tensión lleva a la intervención armada con la que coquetea el siempre irresponsable Donald Trump. El continente no puede ser un mero espectador en ese contexto, debe involucrarse en la solución de los problemas con criterios propios y amplios

Con la estrategia de Juan Guaidó agotada, a la oposición venezolana no le queda otra opción que sentarse en la mesa de diálogo, ahora en posición de desventaja luego de haber impulsado un golpe de Estado que tuvo más de farol que de planificación, y que de no haber sido por la moderación de las fuerzas bolivarianas, podía haberse convertido en un baño de sangre.

El asunto no es banal. El 30 de abril amaneció  muy temprano con el presidente autoproclamado – a instancias de los poderes que operan en Venezuela – Juan Guaidó desafiando una vez más el orden y liberando de su arresto domiciliario a Leopoldo López, quien ya fue encarcelado hace cinco años precisamente por haber utilizado estrategias similares a las de Guaidó para confrontar el poder: lanzar a los más jóvenes como kamikazes generando decenas de muertos.

La “liberación” de López, fue tal vez el único “objetivo cumplido” de la rebelión, además de mostrar el engranaje casi perfecto entre la voluntad de Guaidó – López y los discursos de los halcones de Estados Unidos: Rubio, Pompeo, Bolton. Los discursos perfectamente sincronizados no lograron por otro lado generar el quiebre constitucional que, a la desesperada, buscaron las cada vez más reducidas fuerzas de la oposición.

Guaidó sostiene el relato de la victoria por etapas, la épica del triunfo, agita la idea de que van ganando y el que tiene miedo es el otro, pero las reacciones a la operación del martes lo han llevado a la encrucijada definitiva. No coló lo del alzamiento de las regiones militares; tampoco lo del empleo desmedido de la violencia de las fuerzas del orden – ni con la tanqueta -; y tampoco lo de que Maduro estaba con el avión listo para huir, pero sí empieza a calar el agotamiento entre las Fuerzas Armadas, las de Seguridad y el propio chavismo más idealista.

Son el quiebre en las Fuerzas Armadas, junto al desgaste económico, las piedras angulares del proyecto de derrocamiento, que sin embargo ha pinchado hueso en su medida desesperada del martes

Son el quiebre en las Fuerzas Armadas, junto al desgaste económico, las piedras angulares del proyecto de derrocamiento, que sin embargo ha pinchado hueso en su medida desesperada del martes. Estados Unidos alentó el golpe, pero Europa y otras potencias que sí han criticado abiertamente a Maduro condenaron la incitación a la violencia y el método del golpe de Estado para lograr el objetivo. Guaidó sostiene que hoy está más fuerte para sentarse en una mesa de negociación y exigir un gobierno de transición sin Maduro que gestione unas elecciones libres; los resultados de las movilizaciones del miércoles 1 de mayo, día después del alzamiento, podrían indicar justamente lo contrario.

En cualquier caso, si algo ha quedado al descubierto con la última crisis en Venezuela ha sido precisamente el nuevo enanismo político de la región Sudamericana, que contempla desde el rincón como “los grandes” toman las decisiones y mueven el tablero geopolítico mundial en cancha propia. El Grupo de Lima es una mera cuenta en tuiter que replica los conceptos bélicos de Estados Unidos, mientras que Unasur ha sido abandonada por sus miembros tan pronto los gobiernos han cambiado de color político.

No cabe duda de que la próxima baza de Guaidó y Washington es la intervención armada; una baza con la que ha jugueteado siempre el siempre irresponsable Donald Trump. En este contexto, el continente no puede ser un mero espectador. Sudamérica debe involucrarse en la solución de los problemas con criterios propios y amplios. La situación lo requiere.