Roma, la discusión sobre el “qué” y el “cómo” se dice

La discusión se produce sobre todo en Latinoamérica, y toca temáticas que hacen a la ideología y a las formas de difusión que ha adquirido en el principio de siglo. Diversos intelectuales se preguntan sobre los valores de Roma (2018), la película recién estrenada de Alfonso Cuaron.
Al margen de su impacto mediático, lo realmente valioso del “fenómeno Roma”, se encuentra en el análisis del rol que las clases medias le están dando a la toma de posición ideológica en esta época, las tendencias homogeneizadoras dominantes merced a la influencia de las redes sociales y en general, a la decadencia de lo que podríamos denominar como “pensamiento crítico” (científico -positivista), en beneficio de las líneas totalitarias de pensamiento.

Fondo, forma, narrativa
La discusión se centra en la aparente discordancia existente entre la forma y el contenido en la cinta. Los cuestionadores reconocen su preciosismo visual, pero muestran su desacuerdo con la falta de toma de posición respecto a la situación de injusticia implícita en el relato (la relación laboral existente entre la empleada y los patrones).
El crítico argentino Diego Lerer en su Blog Micropsia señala: “para mí, Roma no puede ser una obra maestra. Por más perfecta que pueda llegar a ser su fotografía.. o por más buenas que hayan sido sus actuaciones. Porque, Roma no tiene una buena intención política”. Por su parte Samuel Lagunas, crítico de cine mexicano, en su artículo Roma. La crítica de la crítica (compartido en nuestro medio por Sebastián Morales), ahonda en las razones que originarían esta discrepancia: “en la división entre forma y contenido, siempre hay un elemento que se sobrepone al otro, que se coloca en una posición dominante. En el caso de los textos sobre Roma, el consenso mayoritario ha resuelto la tensión entre la forma y el contenido en favor de la forma…”
Los disparos se orientan en esa dirección: la película no dice “lo suficiente” y naturaliza la explotación, partiendo de la conceptualización enunciada por Laguna: forma y contenido son entes separados, en una dinámica en la que siempre “uno se sobrepone al otro”.
Se trata de un razonamiento que renuncia a la noción de la obra como un ente íntegro (forma y contenido se unen, se condicionan y convergen en elemento único: el producto artístico). Ambos elementos dejan de ser tales creando una forma de contar particular, en este caso la narrativa.

Amplitud ideológica, panfleto, libertad creativa
La consecuencia de este razonamiento es que privilegia el discurso, y lo presiona a simplificarse. No basta que en Roma se retrate la época y sus conflictos, mostrando las relaciones sociales existentes (el vínculo laboral entre Cleo y la familia); en realidad lo que le exigen a Cuarón es que realice un cine con una intención distinta; una suerte de panfleto, o por lo menos con elementos de panfleto, una especie de tributo a pagar, para que la cinta sea políticamente correcta. A eso se refiere Lerer cuando reclama la falta de “una buena intención política”.
Esa línea de pensamiento también cuestiona la libertad creativa del artista. Lo que quiso hacer Cuarón es un retrato de su empleada indígena. Eligió un tema grato a su sensibilidad. Lo que se le reclama es que haga un tipo de cine acorde a la noción dominante de “lo correcto”, que es parte de las convenciones sociales actuales, emergentes del “establishment” intelectual.
En los años sesenta El Acorazado Potiemkin (1925), encabezaba las listas de las mejores películas, en los ochenta el péndulo cambió hacia cintas como El Ciudadano (1941) de Orson Welles. Los gustos van reflejando las sensibilidades de cada momento, pero el problema es que si le quitamos valor a una obra por su definición política, estamos a un centímetro de la quema de libros de Berlín de 1933, o de los excesos de la Revolución Cultural China.
Exigirle un “tributo ideológico” a la producción cultural, implica reducir sus posibilidades. Sheakspeare reflejó la ideología isabelina, cuando lo que buscaba era entretener y el racista Griffith sentó las bases para que Eisenstein diera un salto en conceptual sobre el cine en su conjunto. El arte, a diferencia del panfleto o del ensayo, se mueve en un espectro ideológico que requiere amplitud, y tiene en la ambigüedad, más que en la precisión, una de sus mayores herramientas creativas
No se trata de vetar la discusión sobre la intención política del producto. Es indispensable en cualquier análisis crítico, pero lo que no es correcto, es la calificación de su calidad sobre esa base. ¿Cuándo una película es buena?, cuando logra los objetivos que ella misma se plantea, y eso incluye las intenciones políticas de su creador, las compartamos o no. De otra manera descartaríamos no solo a Griffith, sino a muchos otros, entre ellos Hitchcok por ejemplo, exponente de muchas maneras del ultraconservadurismo de su época.
En este momento, al tiempo que determinados sectores se muestran cada vez más intolerantes en la aplicación formal de los enunciados de la “corrección política”, en los puestos de decisión mundial se sientan los que hablan de la superioridad racial, niegan las teorías de Darwin, etc. Da la impresión de que se trata de dos caras de la misma moneda .Por eso también en que en el caso del cine (y la discusión respecto a Roma es un buen ejemplo), la crítica abandona cada vez con mayor frecuencia el análisis y lo sustituye por la calificación.
Los fundamentalismos van acabando con la preeminencia del pensamiento crítico y lamentablemente, la tecnología expresada por las redes sociales, los ayuda en la presión para lograr pensamientos únicos. Lucrecia Martel, la destacada realizadora argentina, expresó hace poco que el fascismo que se puede prever a futuro, será peor que el que vivimos en el siglo XX, y las muestras de intolerancia que se dan a todo nivel en la sociedad, parecen darle la razón.

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