RECUENTO DEL TIEMPO LEJANO

Marcelo, de escasos diez años de edad, era muy aficionado a adoptar mascotas. En el patio de la casa tuvimos de todo, un cachorro perruno, tortuga, mono, loro parlanchín, víbora no venenosa, chancho diminuto, un chivito y un avestruz. Mi hermano ya de mayor, en ocasión en que salió en misión diplomática a la república del Perú, volvió con dos lagartos pequeños de la Amazonia y un monito, al que lo portaba en el bolsillo de su paletó en La Paz.

El problema surgía una vez que la mascota crecía; al avestruz mi padre tuvo que llevarlo al cuartel de Tarija en San Luis, lugar donde lo sacrificaron antes de tres meses de permanencia en el lugar. ¡Qué festín debieron darse los conscriptos, personal de tropa y el propio comandante! 

A la escultural diva Sofía Loren, bella como pocas (Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale, Ava Gardner), viéndola en sus cintas arrancaba suspiros a los jóvenes. Nos hacía ver la vida como era ella: con muchos contornos y formas hipnóticas, una beldad al fin. Había que aprender a vivir y a disfrutar la existencia que recibimos como un don invalorable.

Una amiga cantora, profesora de música, tarijeña de chispa, luego de tomar unos chuflays entre canción y canción solía decir: ‘tengo un dolor de cabeza por todo el cuerpo’. En una ocasión, desde el otro extremo de la mesa un amigo le gritó: ¡Canallaaa!, a lo que ella sorprendida lo miró y él le respondió: ¡Canalla me vas a matar de un infarto con tus canciones…!

En lo personal, jamás le pedí a la vida otra cosa que dedicarme a lo que me apasiona tras haber cumplido durante muchos años, como modo de sobrevivencia necesaria, mi ciclo de trabajador activo en el campo del asesoramiento legal y el notariado. Mucho tiempo en verdad en ese severo empeño individual y familiar, hasta que me llegó la hora de aproximarme con la intensidad de un joven enamorado a las letras, que cultivaba en la medida en que mis actividades profesionales, así como de padre de familia me lo permitían. Ese cambio de rubro en el ritmo vital demandó que me dedicara, desde hace algunos años, a leer y escribir.

Pero se abrió otra compuerta en mi alma que yacía en soledad: encontré el amor y me reconcilié conmigo mismo, dando un giro a mi rutina. Los sucesos que la vida a su paso va desgranando, unos tristes y alegres otros, marcan el alma de cada ser y en el momento en que se enamora al encontrar otra alma afín, surgen lazos indisolubles. ¿Es eso el amor? Indudablemente que sí, en una de sus manifestaciones. Gané confianza en el pasajero vivir, que uno nunca sabe hasta cuándo será, y mi fe se acrecentó.

Cuando se deshoja el calendario y uno se apresta a iniciar un nuevo año, en las puertas del 1º de enero, salta un balance muy rápido del pasado que pugna por no irse definitivamente y se prende en la memoria, territorio duro y frágil, cambiante, a la vez que permite recordar lo bueno y lo malo que pintó el transcurso de las horas en un enjambre multicolor de penas y momentos gratos.

Lo más importante: evocar el pasado lejano, alborozo por el nacimiento de los hijos, la nueva esperanza que se anida en el corazón, trabajo oficinesco disciplinado y consciente, o aspiraciones truncas que se resisten a morir. Temas del ayer.

En este repaso preferible dirigir la mirada hacia el tiempo presente y al que vendrá; de ilusiones y esperanzas se debe sembrar el futuro, o lo que nos pueda quedar de él. Siempre adelante, aunque no quede mucha lumbre habrá que iluminar la senda que conduce hacia el mañana, restringido, pequeño.

Literatura y amor. Dos pasiones del corazón que se apretuja, a veces, y conmueve, otras, las más de las veces. Dos rutas a seguir en lo que queda de mi tiempo, cuando estoy jugando al alargue en el campo poco deportivo, ni más ni menos, pero en plena competencia vital hasta que el Supremo me saque la tarjeta roja. Una ofrenda para crecer espiritualmente, siendo así que la norma contraria, el decrecer, rige el destino de los seres sobre la superficie planetaria a la hora del crepúsculo, que es agonía de la luz que descansa hasta el nuevo amanecer.

La garganta se anuda y la mente no cesa ni un minuto en honrar la existencia de mis progenitores: madrecita de los ojos negros, profundos, junto a los de mi padre de mirada escrutadora y la conciencia limpia de rencores o amargos desengaños; ambos con pureza de estrellas allá a lo lejos, en el infinito azul. ¿Qué podría decirles después de tantos años de su alejamiento físico? Que los amé profundamente y el recuerdo de sus vidas, encerradas en el arca de la gratitud, será permanente, para quien quizás pronto, o algún día cualquiera, se reunirá con ustedes, ángeles de luz en el camino de la eternidad.

Igualmente es continua la evocación de mi hermano Willy, en el segundo aniversario de su partida. Extraño tu compañía; las calles de mi ciudad hoy permanecen desoladas y tristes sin tu presencia amable y la sonrisa que destellaban tus ojos, herencia materna. Te fuiste, hermano de carne y alma, dejando un vacío difícil de llenar.

Me sorprendo a mí mismo escribiendo sobre el amor y la literatura, mis querencias que alborotan los sentidos. Entre las letras y el amor vivo en plenitud. Gracias mi Dios. Quiero tocar las puertas del futuro y convertirlo en realidad hoy, no en el mañana que quizás no exista. Bienvenido seas 2019.

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