Recordando a García Márquez

Ciertamente el clasicismo no es malo, nunca lo será. Pero cuando una persona tiene inamovibles en su mente las ideas de la proporción áurea, y cuando su cerebro valora solamente lo que son el número y la medida de las cosas, porque ha estudiado la obra de Apeles y Praxíteles y leído hasta el cansancio los versos de Horacio y Píndaro, el mundo adquiere un sentido de idealización casi perfecto. Asimismo, cuando para el hombre la música no puede pasar de lo que son las sinfonías de Mozart y las sonatas de Beethoven, el mundo se hace una quimera poco menos que inalcanzable y de una belleza que causa pavor. No obstante, hay muchas cosas más allá, los límites de lo posible no son aquellas personas ni sus respectivas obras. Avancemos. Hallaremos a Goethe, Balzac, Stendhal y Victor Hugo. Hallaremos a Debussy y Chopin. Estamos ya en un lugar mucho más sensible, accesible, romántico y, por lo mismo, más humano y abierto a los registros del corazón. Pero ni aun así lo hemos visto todo, estamos aún lejos. Sigamos avanzando.

Si seguimos ampliando las perspectivas de nuestra cultura, podremos hallar lumbreras de una genialidad no menor que la de aquellas personas cuyos nombres hemos apuntado. Y es que no debemos resignarnos ante las amarras de lo exquisitamente clásico. La genialidad más asombrosa también puede estar metida en la música vallenato, en la inspiración causada por las flores amarillas y en la narrativa del realismo mágico. Cosas sencillas pero que, para crearse en nosotros y crearlas nosotros a ellas, demandan una sensibilidad y una creatividad como solamente poseen los grandes espíritus.

Hace poco hubiese cumplido 92 años Gabriel García Márquez. No es exagerado llamarle genio. Su faceta periodística, sin estar en el olvido, queda en un segundo plano. Tuvo una virtud innata: la de crear mundos increíbles para la comprensión de la mente humana. Más bien re-creó un mundo, el de los latinos. Su narrativa tiene un dejo de reivindicación social, pero no como lo tienen las expresiones de arte vulgares, que ponen a flor de piel la voz de la injuria y el reclamo, dejando de lado la expresión o el sentido de la belleza; la obra garciamarquiana inscribe en sus vetas de fondo una voz que, ante el mundo, reclama una segunda oportunidad para los pueblos de América Latina. Como solamente hacen los grandes, universaliza su arte yendo de lo particular a lo general. El Caribe, Aracataca, Riohacha, el río Magdalena, las tierras bananeras, son solamente referentes de lo que sucede en la integridad de un continente que quiere redimirse en casi todos los sentidos.

Su narrativa, además de ser una fuente de disfrute literario y un homenaje al uso pulcro de la lengua castellana, es también una mina de sugestiones sociológicas que están inscritas como en criptogramas. Cien años de soledad es la voz de todo un continente, de todo un pueblo que se desprende de sus nacionalidades para levantar el grito del americanismo. Su autor es el portavoz de los latinoamericanos —cultos y no cultos— que quieren cantar la soledad que sienten frente al mundo. Gabo, con ser el más entrañable colombiano de cuantos existieron, es al mismo tiempo el colombiano más universal de todos los que nacieron en Colombia. Y por tanto, ya no es de su patria. Pertenece al mundo.

Hombre que leía incansablemente, no fue un erudito, como sí fueron en cambio muchos otros escritores de su tiempo y de antes. No tenía conocimientos enciclopédicos. Pero a cambio era una mente que no dejaba de imaginar y crear realidades oníricas que luego, combinadas con un poco de la realidad secular que le rodeaba, se traducían en relatos de un valor artístico inigualable. El amor en los tiempos del cólera, para mí su mayor obra, y sin duda una de las más importantes de la literatura universal, es el testimonio de cómo una mente puede hilar una historia tan bien hecha y tan compacta, como las que presenta el francés Victor Hugo en Los miserables y Nuestra Señora de París. O como la que se lee en las páginas de El rojo y el negro de Stendhal.
García Márquez se mide con aquéllos, y es gloria del mundo, pero lo es más de nosotros los latinos.

* licenciado en Ciencias Políticas

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