Racismo y religión, dos vías discursivas para un problema científico

El origen de la protesta está claramente identificado: es ese momento negro en el que el TSE suspende el cómputo rápido y lo repone al día siguiente desafiando a todas las leyes de la estadística.

El conflicto político abierto a partir del 21 de octubre se viene enquistando en dos líneas discursivas que, en principio, no tienen nada que ver con el conflicto en sí mismo: El racismo y la religión.

El origen de la protesta está claramente identificado: es ese momento negro en el que el Tribunal Supremo Electoral tomó la decisión de suspender el conteo rápido el domingo 20 de octubre cuando al 83% otorgaba una distancia del 7% entre los dos principales candidatos – Evo Morales y Carlos Mesa –, y lo repuso un día después ya con 10,12% de diferencia al 95%, eliminando la opción de segunda vuelta y desafiando a todas las leyes de la estadística.

El cómputo, ralentizado y accidentado, vino a ratificar esos resultados, y la pura sospecha generó violencia y pelea en todo el país. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) se enrocó en su posición, y nunca dio las suficientes explicaciones técnicas apropiadas. Renunció el ingeniero y vicepresidente Antonio Costas, al único que se le presuponía cierto conocimiento sobre el asunto, y acabaron llegando los informes de la empresa Neotec alegando que había un servidor fuera de control y órdenes ligadas a los cambios de tendencia.

Sin embargo, nada de lo técnico parece importar demasiado en este momento. El Gobierno, desde el primer momento, apeló al “voto rural” para negar la segunda vuelta, lo que posteriormente se convirtió en un pedido de “respeto al voto rural, campesino, indígena”, para inmediatamente después motivar marchas y medidas al grito de “hacer respetar el voto”, e incluso amenazar con cercos a las ciudades “a ver si aguantan”.

Nada de esto tiene un origen en la falta de respeto al voto rural, campesino o indígena, sino en un absurdo manejo técnico y tecnológico en el momento más inapropiado. Pues como fuere, la elección ya se había producido a costa de la propia Constitución.

La insistencia en el concepto no cejó ni después de los primeros enfrentamientos violentos, ni nunca. La línea discursiva del Gobierno viene siendo el asunto racial a pesar de dinamitar sus propios logros en 14 años de gestión. Pues si en algo estaban de acuerdo la inmensa mayoría de bolivianos es qué, a 19 de octubre, Bolivia era un país más inclusivo y sin las viejas taras. La construcción, al parecer, no resistió un soplido.

Al otro lado, el discurso opositor/cívico se ha revestido de un aire místico religioso que ya apareció en campaña, y no solo el PDC de Chi Hyun Chung, pero que ha llegado al máximo apogeo con Luis Fernando Camacho en los cabildos de Santa Cruz.

Camacho es un hábil orador, pero incluso su estrategia de llegar a La Paz predicando la unidad de Bolivia, en plan martirio, y hablando de un hombre con una Biblia está teniendo efectos inusitados en el Gobierno y en toda la población.

 

Nada de este conflicto electoral  tiene un origen en la falta de respeto al voto rural, campesino o indígena, o con Dios, sino en un absurdo manejo técnico y tecnológico en el momento más inapropiado.

Es cierto que cada cual puede apelar a los valores que quiera para generar la movilización que considere y garantizar sus objetivos en el corto plazo, pero nadie debería olvidar que Bolivia es de todos. Los bolivianos somos un pueblo heterogéneo, de valores diversos, de creencias diversas, de necesidades distintas… pero con un destino común. Nadie debería amenazar lo más sagrado.