¿Quién se acuerda de Zapata?

Algo ve el Movimiento Al Socialismo (MAS) que no ve el resto de los mortales, al menos que no ven aquellos que insisten en el “Bolivia Dijo No” y la estrategia de acumulación de enojo hasta el día en que las ánforas se dispongan para dictar veredicto. El MAS lleva la iniciativa política desde hace prácticamente tres lustros y hasta ahora sólo se ha equivocado una vez: cuando determinaron acelerar un referéndum que les garantizara una década de buena vida por anticipado.

Los números son tercos; Bolivia ha crecido y casi la mitad del padrón no ha conocido otra cosa en Palacio Quemado que a Evo Morales. No saben de Gobiernos Neoliberales, ni de 21060 ni apenas de Gonzalo Sánchez de Lozada. La mayoría de esa mitad ha crecido en las ciudades, no en el campo, no en las minas. Sí en barrios más o menos pobres, asentamientos sin agua potable a la que algún día llegó, parajes a los que un día llegó la luz eléctrica y lugares donde tener un celular con 3G suponía la primera diferenciación social.

El Movimiento Al Socialismo ha logrado fabulosas mayorías absolutas en 2009 y en 2014 no por el apoyo de los movimientos campesinos y gremiales; no por el apoyo exclusivo de los de abajo; sino por el apoyo de ese 20 por ciento de clase media urbana que gozaba de la estabilidad económica.

No parece probable que la deriva autoritaria en la que ha entrado el Gobierno de Evo Morales y su partido le vaya a reportar muchas satisfacciones electorales. El MAS perdió el referéndum del 21 de febrero de 2016 con un 51 y pico de votos en contra en medio de un escándalo de  faldas que en el fondo escondía lo que parecían enormes negociados entre amantes y empresas chinas. La irrupción de Gabriela Zapata y el famoso hijo que al final no era polarizaron tanto la campaña que el referéndum se convirtió de nuevo en un con Evo o contra Evo. No hay suficientes análisis que digan que el escándalo no contribuyo a estrechar las diferencias en lugar de a ensancharlas. Es probable que sin el escándalo, los bolivianos hubieran votado todavía con la cabeza más fría negándole a Evo su reelección con una mayoría aún más amplia.

La cuestión es que desde entonces, el partido de Gobierno no ha tomado ninguna decisión ni ha desarrollado ninguna acción conducente a recuperar aquel 20 por ciento que se asustó al comprobar la ansiedad con la que el MAS buscaba eternizarse en el poder (apenas había pasado un año de la tercera legislatura que ya pensaban en acabar la cuarta en 2025).

Ningún estratega en su sano juicio recomendaría a alguien que ha perdido un referéndum volver a presentarse como si nada; peor si en el mismo referéndum se consultaba sobre esa su reelección.

Tras la derrota, el MAS dedicó un año a alimentar la teoría de la conspiración sobre Gabriela Zapata y el caso CAMC. Demostraron que no había niño, una Comisión Parlamentaria muy restringida dio carpetazo al verdadero asunto de fondo, que tenía que ver con el tráfico de influencias, y el “cartel de la mentira” tomó forma de enemigo…

Después salió Quintana del Gobierno, se pretendió un gobierno más amable y sin embargo, se convirtió en uno más “osado”. Sin pensarlo dos veces el partido apeló al Tribunal Constitucional, a punto de concluir mandato, para pedirle un último servicio; lo hicieron; y como el asunto no había caído bien, decidieron implementar el asunto de las Primarias para sacar todas las energías opositoras once meses antes de la elección real; un mundo en tiempos políticos y una eternidad para estas sociedades modernas de consumos inmediatos y resultados precoces.

La catarsis de la habilitación ha pasado; el paro cívico del jueves ha sido relativamente contundente, pero el efecto político es inexistente. En plena recta final del año, nadie puede plantearse en serio sostener un paro indefinido once meses. Pero el contador vuelve a cero.

Lo paradójico, advierten los analistas, es que el MAS parece jugar a la defensiva, como si fuera ganando de forma ajustada y no quisiera perder, cuando en realidad va perdiendo y cada ofensiva se convierte en gol en contra.

Quedan diez meses por delante; el MAS juega a agotar a la oposición mientras hurga en sus diferencias para motivar la división. Nunca había tenido tantos “rivales”. En algún momento el “Bolivia Dijo NO” – dicen – debe volverse cansino y repetitivo para los ciudadanos, que querrán escuchar propuestas diferentes para cambiar el sentido de su voto y que en la medida que no se dé, se van a quedar en la zona confortable que ofrece el Gobierno con su estabilidad económica y social.

El MAS se la juega con esas variables, la oposición con las contrarias, y todos están atrapados en otras sobre las que hay poca capacidad de incidencia: el barril de petróleo ha caído 20 dólares desde octubre y por más que se anuncien acuerdos (la renovación de los que se vienen haciendo desde 2015) y se asegure la recuperación, los miedos son palpables. Las finanzas están al límite desde la anterior crisis del petróleo en 2014. Justo en un momento en el que también eran elecciones.

De momento el desafío entre los analistas es complejo: ¿Sabe algo el MAS que desconoce el resto?


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