Presupuesto: Cuando se acaba “la fiesta” en Tarija

La pelea se advierte ruidosa, por aquello de que de fondo están las elecciones y nadie quiere perder la oportunidad de retratar al otro, pero también de poca enjundia. La autonomía departamental está tan maniatada que no da para ninguna otra floritura.

La Asamblea Departamental se alista para aprobar el presupuesto más ajustado de nuestra historia reciente. Ese en el que se empieza a constatar que los tiempos de las vacas gordas han pasado y que sin embargo, hay que seguir pagando la fiesta.

Van cinco años en ese menester y todavía no se han acabado de liquidar proyectos iniciados en las gestiones de Mario Cossío y Lino Condori, lo que da cuenta de la magnitud de la bacanal. Estadios millonarios, proyectos olímpicos, carreteras en medio de la nada, tuberías inmensas de cemento, etc., que funcionan como una losa.

Para 2020 hay 400 millones de bolivianos para inversión pública. Más o menos lo que Lino Condori podía gasta en un mes en 2014

A la Gobernación de Adrián Oliva, que le toca defender tan pírrico presupuesto, apenas le queda defender que en 2015 había 8.000 millones de bolivianos comprometidos y ahora, todavía unos 1.400; y que ha cumplido al pie de la letra con los postulados del Ministerio de Economía en cuanto a continuidad de las obras y que apenas ha podido incluir algún proyecto nuevo tras largas negociaciones con el Ministerio de Planificación y casi siempre intermediado en los intereses de los subgobernadores o alcaldes del oficialismo. No en vano los primeros fideicomisos primeros fueron a pagar estadios y coliseos.

Para 2020 hay 400 millones de bolivianos para inversión pública. Más o menos lo que Lino Condori podía gasta en un mes en 2014. Además hay 237 millones de bolivianos para programas: Susat, Canasta, etc. Además, 152 millones de bolivianos para transferencias de capital; 41 para previsiones financieras y 70 para el servicio de la deuda, porque evidentemente ni los créditos privados ni los fideicomisos son regalos y hay que pagarlos.

Además, hay 121 millones de bolivianos para gastos de funcionamiento, es decir, personal, luz, teléfono, alquileres y poco más. El monto también se acerca a lo que manejaba Lino Condori cada mes.

La pelea se advierte ruidosa, por aquello de que de fondo están las elecciones y nadie quiere perder la oportunidad de retratar al otro, pero también de poca enjundia. La autonomía departamental está tan maniatada que no da para ninguna otra floritura.

De momento, las observaciones sobre la mesa no apuntan a cuestiones esenciales y más bien bordean el cinismo. Por ejemplo, resulta obvio que si las subgobernaciones tienden a desaparecer por orden del Constitucional y se han destinado cuatro años a pagar sus proyectos faraónicos, lleguen al final de la legislatura con la menor cantidad de proyectos en marcha, con su reflejo en el presupuesto. También resulta coherente que si el Gobierno a través del SUS se está haciendo cargo de buena parte de las prestaciones de salud, se reduzcan las obligaciones con el Susat; o que hasta que no se concrete exactamente como se ejecutará el SIN con Bermejo, se mantenga el proyecto abierto por si las moscas.

Otros aspectos sí parecen tener justificación, como las observaciones a las partidas consignadas para el Gran Chaco, que tiene ya su propia estructura financiera o la no asignación de recursos a programas y proyectos aprobados por Ley.

El debate no ha hecho más que comenzar, pero probablemente no podrá sostenerse más allá de dos explicaciones bien dadas. Son tiempos de tensiones, pero también de necesaria y mínima acción política para la concertación y el acuerdo.