Nada más terminar el discurso presidencial del 22 de enero, Día del Estado Plurinacional, no quedaba ninguna duda de que la Presidenta Jeanine Áñez había decidido presentarse como candidata a las próximas elecciones. Así lo plasmamos en el editorial del día siguiente. No estaba claro si lo iba a hacer con su partido, Demócratas, o con algún otro, pero lo que sí parecía evidente es que lo iba a hacer con sus ministros.

Desde el mismo día que formó un gabinete plagado de diputados, senadores y operadores, quedó claro que Áñez había decidido asumir el plan, que como diría María Galindo, se había diseñado para ella. No tardó en aparecer Erik Foronda, por años brazo derecho del diplomático estadounidense de turno, para dejar aún más clara su intención.

Áñez se empleó a fondo en su discurso del 22 en señalar que su tarea como Presidenta de Transición había concluido porque las tareas encomendadas se habían cumplido. En parte es verdad que las elecciones están en marcha con los Tribunales Electorales constituidos. En menos parte es verdad que se haya pacificado el país cuando sin motivo justificado, los militares siguen patrullando las calles.

Áñez se empleó a fondo también en explicar las muchas cosas que su Gobierno ya había hecho en el corto tiempo disponible, lo que le dio el inevitable tono electoral que finalmente se ha evidenciado: Rebaja de la luz, 10% para la salud, trámites en 72 horas, etc.

El problema de Áñez, en cualquier caso, no son solo las formas. Demócratas y su nuevo junte no deja de ser lo mismo de siempre en busca del poder

Áñez y los suyos habían optado por un tono duro para el gobierno, como ella mismo destacó – “no me tiembla la mano ni me temblará” –, que evidentemente no era necesario para un Gobierno de transición en un periodo de transición, como alguna vez ha indicado Eduardo Rodríguez Veltzé y el propio Carlos Mesa, que tuvieron que pilotar en momentos tan complejos o más como el actual.

El aire revanchista con el que el gabinete afrontó determinados momentos de la “transición” se podía interpretar dentro de la exhibición de fuerzas de la negociación: “cazar a Quintana”, exhibir la parte privada de la Casa Grande del Pueblo, transmitir el despegue del avión con los médicos cubanos, etc., pero no quedaban dudas que se estaba preparando un perfil.

En cualquier caso, y por mucho que se pudiera prever, la decisión definitiva de Áñez de dar el paso ha dado un sacudón no tanto al tablero electoral sino a la legitimidad de un Gobierno de por sí, débil.

En el editorial del jueves recordábamos que, en cualquier caso, Áñez tenía todo el derecho del mundo a concurrir a la cita electoral, y a hacerlo además sin renunciar a su cargo como vimos tantas veces hacerlo a Evo Morales. Y efectivamente lo está, otra cuestión es que la gente, hasta ahora muy dada a tolerarlo todo e incluso a defender ciegamente a la Presidenta, no empiece a ver ahora los mismos dejes abusivos y ventajistas que tantas veces se han denunciado; con el agravante del corto tiempo pasado y la nula legitimidad popular.

El problema de Áñez, en cualquier caso, no son solo las formas. Demócratas y su nuevo junte no deja de ser lo mismo de siempre, un partido que lleva participando años y que solo consigue buenos resultados en su Santa Cruz natal, donde gobierna. O porque gobierna. En octubre 2019, ni eso.

Áñez ha decidido priorizar la reproducción del poder y poner en riesgo el débil equilibrio logrado. Bolivia no está preparada para otra elección fallida. Las consecuencias pueden ser mucho más trágicas.