¿Por qué Martín D’Amico?

Antes comenzar con la pregunta que dispara el título de esta nota, vamos a plantear otra pregunta, igual de importante y necesaria: ¿quién es Martín D’Amico? Brevemente. Es el seudónimo de Martín Licata, joven periodista y estudiante de filosofía argentino, nacido en la Ciudad de Buenos Aires en 1991. Martín tomó este pseudónimo desde hace unos años cuando comenzó su labor periodística en medios independientes y expresar su mirada desde ese lugar, muy común en la tradición intelectual, imaginando, además, que era una forma de resguardar su identidad frente a lo que podría venirse: la muerte. Que, en efecto, fue lo que terminó ocurriendo.
En su mente, como en la de muchos que hemos leído 1984 de George Orwell, ha calado hondo la frase que el periodista británico vierte en esa notable distopía novelada: “El que controla el pasado (…), controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.” (George Orwell, 1984, Debolsillo, Barcelona, 2013, p. 41) Una síntesis categórica de la noción de dialéctica propuesta por el marxismo que D’Amico incorporó a su pesquisa para develar lo que controla el conflicto ideológico que mantiene ocupado y entretenido a buena parte del planeta, principalmente América Latina.
En algunos de los posteos de su cuenta de Facebook, que tuvieron gran repercusión luego de conocerse su muerte, D’Amico sostiene que las ideologías -en el sentido más amplio de la palabra- como el progresismo (populismo, feminismo, movimiento LGBT, partidos de izquierda, etc.) y la derecha (conservadurismo, neofascismo, etc.) están controladas por quienes dominan la dialéctica. Se corrió del binomio progresismo – derecha, y en vez de pesar desde esta antinomia, reflexiona que hay sectores del poder global que se benefician con esta disputa, dejando más que claro que la contienda política está arreglada, como si se tratara de un partido de fútbol. ¿Y de qué manera? Investigó los mecanismos de financiamiento que realizaba la Fundación “Open Society” del plutócrata húngaro George Soros a una red internacional de políticos y activistas referentes de un sinnúmero de espacios políticos y organizaciones de todo el mundo que reciben cuantiosas sumas para solventar sus campañas y actividades dentro de sus respectivos países. Una línea abierta por otro joven periodista recientemente asesinado, el sueco Bechir Rabani.
“El que controla la dialéctica, contra el mundo”, o por lo menos influye sobre las democracias del planeta y las manipula ocasionalmente desde afuera. Ese horizonte se planteó seguir y las consecuencias fueron nefastas, pero a su vez predecibles. La decisión de ir tras esta pista fue el punto de partida de una investigación que terminó por convertirse en su propia tumba, o por lo menos eso es lo que muchos pensamos. Razones suficientes había para llegar a esta conclusión. Los resultados lo condujeron al magnate, que si no le gusta cómo está dibujado el mapamundi, deja un cheque en la mesa de grupos políticos, étnicos y sexuales, fundaciones y ONG’s para cambiarlo. Si no le agrada ver a una Cataluña formando parte del Estado español, financia a facciones separatistas para que la región se independice y alienta, en el proceso, los sentimientos nacionalistas para agudizar los niveles de tensión y conflictividad, garantizando de esta forma la irreversibilidad del hecho. “Divide e impera”, fue la fórmula de Julio César para constituir el imperio más vasto de la antigüedad. Dos mil años no son nada y Soros aplica la misma fórmula, aggiornada a estos tiempos de modernidad tecnofinanciera desde el cómodo lugar del mecenazgo. Pues allí reside el poder de la élite mundial a la que pertenece el pupilo de Karl Popper. Así es el gran capital. Caprichoso. Aterradoramente poderoso.
Martín D’Amico desapareció de su casa del barrio de Floresta a las 9 de la mañana del sábado 17 de noviembre y cinco días después fue encontrado muerto. Había recibido amenazas a través de su red social y fue abordado hace unos meses por personas de civil. Su cuerpo apareció con signos de ahorcamiento y una cicatriz en el abdomen, según señalaron las pericias de la unidad criminalística porteña, en un hotel de Flores ubicado en la calle “Ramón Falcón”. Ominosa ironía de nuestra historia. Tenía tan solo 27 años. Toda una vida por delante, pero dejando un pensamiento que sirve para abrirse camino desde una rendija existente, sin embargo, olvidada.
D’Amico tuvo la misma misión -como estoy convencido que la tenemos todos los que nos dedicamos al “violento oficio de escribir”- que nuestro compatriota y maestro Rodolfo Walsh: “romper el aislamiento; derrotar al terror”, que se basa -como bien sostiene Walsh- “en la incomunicación”. Hoy, la incomunicación se fundamenta en el exceso de información y en cómo se orienta esa información. Pero eso es materia para otra reflexión.
Así vivió Martín. Intentaremos recordarlo de este modo: desde el compromiso político. Que es el único y más genuino camino que debe seguir un intelectual. Lo demás es anécdota.