Por mucho que lo pienses…

Este cuento narra la historia de un monje joven que sobrevaloraba las funciones del pensamiento. Era un muchacho aplicado, pero le había tocado en suerte un maestro al que todos llamaban “el maestro del silencio”, porque hablaba en contadas ocasiones. Prefería sólo dar alguna explicación o impartir alguna enseñanza cuando él lo consideraba necesario. Hablaba en silencio, de corazón a corazón.

El discípulo, a pesar de que conocía esta característica de su maestro, siempre intentaba mantener con él alguna conversación espiritual. Era un joven que necesitaba pasar todo por el filtro de su mente, y sólo confiaba en la comprensión intelectual. Un día, se quejó con el maestro:

-Maestro, ¿por qué no respondes a mis preguntas? Quiero saber sobre el misterio de la vida. Necesito respuestas sobre el ser, sobre la vida, la muerte.

El maestro no respondió directamente a la pregunta de su discípulo. Sin embargo, esta vez le pidió que realizara algo.

-Quiero que coloques una gota de agua en la punta de esta aguja.

– ¡Eso es imposible! -exclamó el discípulo.

-Más imposible es querer responder con el pensamiento a lo que siempre ha estado más allá del pensamiento.

El discípulo, al oír estas palabras de boca de su maestro, se avergonzó. Sin embargo, el maestro se encargó de tranquilizarlo. Le dijo:

-No te sientas ridículo. Mi maestro me dio a mí esta aguja, por las mismas razones que yo te la doy hoy a ti. Cuélgate la aguja al cuello y, cuando te enredes en pensamientos metafísicos, recuerda: “Más difícil que colocar una gota de agua en la punta de la aguja es encontrar respuestas sólo a través del intelecto”. Yo he llevado esta aguja colgada durante muchos años en el pecho. Ahora es tuya.