Pensando en Rigoberta

De todas las mentiras oídas por Rigoberta de boca de Rubén, sin duda que la más cruel e imperdonable fue la que le hizo escuchar por teléfono el sábado 18 de mayo. Él la llamó para decirle que, finalmente, iba a acceder a hablar sobre la pensión que ella venía reclamándole para la hija procreada por ambos 11 meses atrás. Él se había negado, de todas las formas, a dar una pensión a la niña.

Y Rigoberta entonces lo demandó ante la justicia. Eso fue en febrero. De repente, ese sábado 18 de mayo Rubén reapareció cambiado, solícito, dispuesto a conversar para llegar a un acuerdo sobre la pensión. Rigoberta no dudó un segundo en acudir a la cita.

Mal sabía ella qué fin le esperaba. O de qué manera había decidido Rubén resolver el conflicto. Él mismo relató cómo lo hizo. Tras subir Rigoberta al microbús que él manejaba, un cómplice comprado por Bs 14.000 le ayudó a asfixiarla sin compasión. No fue suficiente. Los dos Rubén, los dos policías, se dieron el trabajo feroz de desmembrar el cuerpo de Rigoberta “para que entre en el turril” previamente seleccionado, que sellaron con cemento y enterraron en una vivienda alquilada por el cómplice de Rubén.

Voy relatando esta bestialidad, y en lo único que pienso es en el rostro de Rigoberta, a la que no conocí, pero a la que veo en tantos otros rostros de mujeres que, como ella, han vivido el mismo drama, el mismo horror, el mismo desencanto. Pienso en la cara de Rubén, en la de su cómplice y tocayo, afanados en matar a una mujer indefensa, con la adrenalina a mil pensando en lo “genios” que eran al idear el crimen “perfecto”, en que usaron sus aprendizajes como policías investigadores.

Rubén llegó a comprar un chip de celular a nombre del exesposo de Rigoberta, desde el que llamó a su propio celular y envió amenazas, con el fin de despistar a sus camaradas y tener un chivo expiatorio. Todo eso, ¿saben por qué? Según él, porque no quería que su esposa se enterara de que le había sido infiel con Rigoberta, con la que además había tenido una hija. Releo lo dicho por este hombre y me pregunto hasta qué extremos puede llevarnos la ignorancia, la falta de amor y de empatía por los demás, la frialdad hasta psicótica de personas llamadas más bien a defendernos, como es el caso de un policía.

Me pregunto también qué pasa por la mente de muchos otros Rubén que hay por ahí, viviendo a vida loca sin querer asumir las consecuencias, negando asistencia a los hijos que procrean o, cuando la dan, regateando sumas o jactándose de éstas, como si fuera un “favor” que hacen a sus ex parejas.

Es verdad que hay muchas otras historias distintas a esta. Historias de padres separados de sus hijos, por revancha, odio o frustración de sus ex esposas o ex amantes. Conozco un montón de estas historias.

Pero es innegable que la proporción de las Rigoberta víctimas es mucho mayor que las de los Rubén sufridos. Y que este drama no es solo nuestro, sino mundial. Justo en estos días hubo conmoción en una pequeña ciudad brasile- ña, por una historia parecida: un padre, de casi 50 años, mató a su hija, de 27 años, ahorcándola, solo porque ella se negó a presionar a su mamá para que dejara de pedirle pensión para la hija menor y hermana de la víctima. En los juzgados de familia saben que las demandas por pensión familiar son numerosas, un dato corroborado también por las defensorías de la niñez y la adolescencia. Son causas complicadas de llevar adelante. Muchas madres renuncian a las demandas, mientras que otras más ni siquiera piensan en iniciar una.

Estas últimas, porque tienen independencia económica, algo que a muchas otras les falta y las somete a una dependencia que puede llegar a ser mortal, como fue el caso dramático de Rigoberta. ¿Qué pasará con su niña? Y otra pregunta, ¿qué dirá Rubén frente a una esposa que ahora sabe no solo que él le fue infiel, sino que además es un despreciable ser asesino?