¿Paz?

La guerra económica entre las grandes potencias amenaza o domina. La mayoría de los economistas liberales reaccionan sin comprender. Jan Schnellenbach, por ejemplo, argumenta que si Asia crece habrá nuevas oportunidades para la cooperación en mutuo beneficio, y argumenta que “comprenden que una economía de mercado no es una guerra”. Es cierto, aunque una economía de mercado puede ser usada para la guerra. Puesto que la idea neoliberal del libre juego de las fuerzas del mercado está en retroceso, su lugar lo ocupa una política en la que se fusionan la economía, las finanzas, el ejército y la política exterior. La geoeconomía se ha adosado a la geopolítica. Europa, China y los Estados Unidos protegen ahora a sus empresas de las adquisiciones extranjeras. Por ejemplo, los gobiernos prohíben los negocios con proveedores chinos como Huawei, o con proveedores de materias rusas como Gazprom, o vedan a estados enteros como Irán. Se arman económicamente, engendra o apoyan a los “campeones” nacionales y llevan a las cadenas globales de valor a su propia esfera de poder. Financian las innovaciones tecnológicas y crean industrias locales –de baterías por ejemplo- para no depender de los países extranjeros y para que los demás deban depender de ellos. Y todo con el argumento de preservar la soberanía nacional.

El fin que se persigue es quebrar la voluntad del otro tomando medidas –o se amenaza con tomarlas- que dañan o debilitan de manera abierta a los socios de la cooperación. Y se planean, e incluso se aceptan, eventuales pérdidas propias. Según lo han dicho algunos economistas de Princeton y Columbia, la política comercial de Donald Trump costó a los Estados Unidos 1.400 millones de dólares mensuales en el balance del año anterior. Pero para Trump eso no tiene importancia, pues incluso amenaza con que “si la Comunidad Europea no acepta las reglas, los gravaremos hasta el infierno”. Hacer daño a la otra parte y al mismo tiempo aceptar el propio daño, y sin una ventaja monetaria inmediata para si, es una forma de controlar al socio de la cooperación. Se genera un conflicto, aún cuando esta conducta a menudo se describe de otra forma: este conflicto es lo opuesto al aislamiento.

“No somos ingenuos”

Son tiempos nuevos. Los gobiernos no se limitan ahora a buscar oportunidades para abrirle el camino a las empresas nacionales con medidas liberalizadoras. Antes bien, con frecuencia ciñen el libre mercado pues no aceptan los resultados. El fin de la economía ya no es dominar a la política, por el contrario, la política usa a las corporaciones nacionales como una forma de fortalecer a su nación, buscando dominar globalmente y debilitar a las demás. Como han dicho Nils Ole Oeman y Hans Jürgen Wolff en su nuevo libro Wirtschaftskriege (Las guerras económicas) las fronteras entre la guerra y la paz son día a día más borrosas.

Los economistas tienen que reorientarse. Los liberales pensaron siempre en el comercio mundial como un freno a la guerra, pues quienes hacen negocios y cooperación mutua dependen mucho de la buena voluntad y del bienestar de sus adversarios. Pero las cosas no son tan simples, como lo muestra el uso de la palabra “adversario”, que se utiliza para nombrar a la contraparte. Aunque también resulta controvertido el viejo supuesto de la izquierda de que la guerra sólo se hace por dinero, tal como lo expresan lemas como “Kein Blut für Oil”, o cuando se insiste en calcular los beneficios que la industria armamentística obtiene de las guerras. Las empresas no son las que iniciaron lo que hoy ocurre con la política mundial –Brexit, Guerra comercial, la crítica europea a las inversiones chinas-, por el contrario, por el momento resultan perjudicadas.

Todo esto se revela en el caso de Huawei. El proveedor chino de redes dispone de una tecnología de calidad a precios acomodados en la que están interesados los dueños de las telecomunicaciones occidentales. Sin embargo, Washington la excluye del mercado de EEUU e invita a los europeos y asiáticos a hacer lo mismo. Obviamente, los Estados Unidos buscan evitar que China sea una potencia de alta tecnología. Tal es así que el vicepresidente Mike Pence ha dicho que la “supremacía tecnológica de los EEUU” es una condición para la “seguridad nacional”. Lo que Washington quiere impedir es que el Estado chino logre obtener acceso a datos confidenciales de los Estados Unidos o de otros Estados a través de Huawei, mientras se reserva el derecho de utilizar sus empresas nacionales de alta tecnología para obtener datos de extranjeros. La posibilidad de que el gobierno de Pekín logre lo mismo a través de Huawei es vista, por Washington, como un ataque a su ámbito digital de influencia en todo el mundo.

De lo que se trata, finalmente, es de evitar que Pekin pueda hacerse con el poder político mediante el equipamiento de redes extranjeras, y que Huawei tenga la capacidad de trastornar de manera deliberada las redes extranjeras a pedido del gobierno de Pekín. Es obvio que los EEUU esperan algo así. Como informa la Fundación SWP de Berlin (Stiftung Wissenschaft und Politik) las “perturbaciones globales” de las redes por parte del proveedor sólo son pensables en caso de conflictos masivos de intereses entre estados. Pues entonces, sí. Los Estados miembros de la Comunidad europea siguen defendiéndose contra la prohibiciones de los EEUU hacia Huawei, aunque tienen los mismos recaudos sobre China. Según ha dicho Thomas Gassilloud, del Comité francés de defensa: “no somos ingenuos”. Al tomar una decisión sobre Huawei en París, el gobierno tuvo en cuenta tanto a la seguridad de las redes como su lugar la competencia internacional. Con otras palabras, la competitividad en sí ya no cuenta.

El nacionalismo de Altmaier

La “Estrategia Industria Nacional 2030” del Ministerio alemán de economía tiene un “tono nacionalista desvergonzado”, dice el economista Jeromin Zettelmeyer. El objetivo de tal estrategia presentada por el Ministro de Economía Peter Altmaier es aumentar la participación de la industria en Alemania, aunque es una declaración de guerra. Tal objetivo sólo podría satisfacerse si Alemania se quedara con las cuotas de mercado de los otros países. Por otro lado, como dice Zettelmeyer, las cadenas de valor de las empresas se trasladan día a día a Europa, bajo “la presunción de que son más sólidas ante las perturbaciones geopolíticas”. Para el Ministro de Economía, el fortalecimiento de la industria debería también evitar que Alemania “resigne su soberanía”, y para frenar tal peligro se deben diseñar grandes corporaciones nacionales, “campeonas”. En algunos casos, el Estado desea evitar la adquisición de empresas alemanas por parte de países extranjeros, incluso con la adquisición de participaciones estatales.

Repentinamente todo lo económico pasa a ser una cuestión de nacionalidad. Y si bien hay toneladas de bancos en el mundo, el gobierno federal desea fusionar el banco alemán con el principal banco alemán Commerzbank, en un gran Banco. A pesar de que hay tecnología eficiente en todo el mundo, no es alemana. Si bien existen proveedores para las empresas locales, no están bajo el control político del gobierno federal. Aunque muchos inversores desean participar en empresas alemanas, tienen una nacionalidad equivocada. Los países extranjeros son un riesgo. La “estrategia industrial nacional” se acopla con el aumento del presupuesto militar alemán y con el diseño de una “identidad de defensa” europea.

La situación actual no es “proteccionismo”. Ninguna de las partes se preocupa por dejar a los competidores librados a su suerte, se trata de usarlos. Tampoco es un regreso al nacionalismo económico porque nunca se ha ido. Las grandes potencias económicas apostaron por el comercio mundial libre por interés, buscando la prosperidad nacional. Tal parece que hoy esa prosperidad sólo se asegura y acrecienta contra la resistencia de los países extranjeros, y los gobiernos juntan fuerzas para romper tales resistencias en caso de ser necesario. Y eso es belicoso.

Las potencias mundiales ya no luchan ahora sólo por una cuota de mercado y su posición en la competencia. Luchan por regular a la propia competencia y a los negocios globales, y también por su posición de poder. Y en el proceso aceptan sacrificar la creación de valor. Los gobiernos de EEUU y de otras potencias no priorizan los intereses de beneficio a corto plazo, utilizan su poder económico como arma. Entonces, los que critican a la globalización no son los perdedores del mercado mundial sino sus ganadores y desde la derecha, pero no en nombre de su clase sino de su nación.