“Parece inimaginable pensar en ir más allá del capitalismo”

Son ya varios años que el economista argentino Julio Gambina, que además es doctor en ciencias sociales y presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas (FISYP), viene apuntando que ni intelectuales ni gobiernos progresistas logran superar, en sus políticas y propuestas, el marco del capitalismo.

Esta semana, Gambina reiteró que en los varios debates mediáticos y presenciales en los que viene participando, “se analizan propuestas sobre lo que habría que hacer en materia económica, en el país, la región o en el mundo, con un límite estructural e ideológico importante que remite al qué hacer en el marco del capitalismo”.

El experto critica que en el sentido común de los intelectuales y profesionales pareciera “inimaginable pensar en ir más allá y en contra del capitalismo. No existe, en general, el imaginario intelectual de superación del orden capitalista, lo que constituye un freno para pensar y proponer un orden alternativo, o como procesar un rumbo de transición del capitalismo hacia otro orden social productivo, lo que supone otras formas de distribución, cambio y consumo social”.

Gambina ya había hecho una crítica similar años atrás, allá por el 2013, cuando visitó Tarija como invitado del sexto Encuentro de Economistas desarrollado esta capital.

En la ocasión, en conversación con El País, había resaltado la urgencia de que América Latina haga despegar cuanto antes lo que se ha llamado la Nueva Arquitectura Financiera. “Significa que los países orienten sus RIN para desarrollos financieros alternativos”, como la conformación de alianzas estratégicas en materia energética, de soberanía alimentaria, y autonomía productiva y financiera entre los países.

Sin embargo, también advirtió que los principales obstáculos para avanzar este sentido estaban al interior de los propios gobiernos progresistas de la región, identificando que “hay una traba, si se quiere, ideológica, de que solo hay que buscar soluciones en el marco del capitalismo. Pienso que la gran limitante es que no hay una imaginación más allá del orden capitalista, y por eso se termina subordinando a la potencialidad de hacer lo que se puede, y no imaginar que se puede ir más allá”.

El sonoro fracaso del Banco del Sur y otras iniciativas de este tipo muestran que no se ha logrado destrabar la mente y la voluntad política de los gobiernos de izquierda. Por el contrario, la restauración neoliberal marcó un retroceso para aquella incipiente intención transformadora.

Pensar en la transición

“Más allá de los discursos o los saberes profesionales de los gobernantes, o los balances macroeconómicos de los países, el excedente que sigue generándose es producto de la explotación de la fuerza de trabajo, y que se apropia por mecanismos diversos de transformación de la plusvalía en formas transfiguradas de la ganancia, sea renta, beneficio empresario, interés bancario o cualquiera de las formas que asuma la expropiación del trabajo social”, explica Gambina.

Por ello, propone “pensar la transición para construir alternativamente”. En este sentido, actuar desde la transición para una producción y circulación alternativa “supone retomar el punto de partida de la hipótesis de la Economía Política, en tanto es el trabajo el creador de valor, claro que desplegado con el desarrollo teórico desarrollado por Marx con la crítica de la Economía Política al sustentar el origen del excedente económico en la explotación de la fuerza de trabajo”.

El economista argentino considera que desde el trabajo organizado socialmente es que pueden pensarse alternativas, lo que supone el cambio de la lógica productiva. “No se trata de buscar inversores, sino de organizar solidariamente el trabajo social para producir, distribuir, intercambiar y consumir”, afirma.

“Claro que lo primero a realizar supone desmontar el actual modelo productivo, lo que requiere de un periodo de transición, ya que no puede desarmarse el mecanismo de la noche a la mañana”, aclara el experto.

¿Puede ser “eterna” una transición?

Quizá el único gobierno de la “marea rosa” o de la oleada progresista que sobrevive en Sudamérica sea el de Bolivia.

La Bolivia de Evo Morales lleva casi 14 años de estabilidad política, que con aciertos y desaciertos se ha traducido en una estabilidad económica que, sin embargo, recién comienza a enfrentarse a los límites de un modelo que, más allá de la retórica, nunca se atrevió realmente a mirar más allá del sistema, y al contrario, se limitó a administrarlo de una mejor manera que sus antecesores neoliberales.

Así, entre 2006 y 2019, lo que se hizo fue buscara consolidar el sector estatal de ese Estado plurinacional “en transición” hacia un Vivir Bien que fue quedando en segundo y tercer plano.

Sí, el caso boliviano resaltar por ser el país de mayor crecimiento económico en los últimos años. Pero la continuidad de un modelo productivo que contradice crecientemente los postulados del Vivir Bien pone en duda que la “transición” sea tal.

Sí, los límites del subdesarrollo, el atraso y la ausencia de autónomos desarrollos tecnológicos y científicos que aseguren la viabilidad de otro modelo productivo, de distribución, intercambio y consumo, apuntados por Gambina, son problemas difíciles de superar. Pero sin pasos concretos tampoco hay nada que celebrar. Una transición no podría ser eterna, a menos que ese sea precisamente el objetivo.