“Parásitos”

La película Parásitos, del koreano Bong Joon-ho, marca un antes y un después en los premios Oscar, convirtiéndose en la primera cinta de habla no inglesa en ganar el galardón a la mejor película, además de otros tres premios, los mejores de la noche. Al subir al escenario, el director de Parásitos solo dijo en inglés: “gracias, es un gran honor”; y luego continuó hablando en su lengua, trayendo la otredad a un escenario hollywoodense históricamente muy centrado en sí mismo. Y al recibir el premio al mejor director, reveló la marca de Martin Scorsese, con la frase “Lo más personal es lo más creativo”.

Y esta es la genialidad de Parásitos. Cuando su director hablaba de su ciudad, de su barrio, y pensaba que los elementos eran particularmente koreanos, resulta que nos estaba contando la vida en un “gigantesco país que se llama capitalismo”. Y por ello es una película que nos resuena en todo el mundo, porque resulta siendo una crítica brutal a nuestra forma de enfrentar el capitalismo.

Cada persona que ve Parásitos termina construyendo su propio relato, porque tiene muchos elementos que se pueden interpretar de maneras distintas. Pone frente a nosotros el contraste de dos mundos, pero sin pretender darnos una lección de moral. No habla de identidad de clase en términos solidarios, ni romantiza sobre los hábitos de los pobres (como muchas películas latinoamericanas nos tienen acostumbrados). Más bien a la manera de Metrópolis, de Fritz Lang, nos cuenta la vida desde un espacio subterráneo que sostiene al mundo opulento.

El relato transcurre entre un refugio y su adaptación actual frente a la demanda de suelo urbano, en contraste con una luminosa casa como la burbuja de confort al que todos aspiramos. Es una contradicción brutal entre la gente que vive en las cloacas y los opulentos que viven desconociendo totalmente la realidad de los otros.

Pero Parásitos usa las diferencias para hablarnos de lo que más nos resuena, la aspiración de asenso como la única forma de vida. Nos plantea un discurso único: o estás arriba o estás abajo. Y si estás abajo, solo te queda subir; y si estás arriba, tienes que mantenerte a cualquier costo, temiendo todo el tiempo que tu forma de vida se desplome. La película nos pone frente a los costos del enriquecimiento desmedido de una parte de la sociedad a costa de una gran mayoría sin acceso al ascenso, pero que igual aspira a ser rico de cualquier manera.

Por ello, de cualquier manera y a cualquier costo, encima de cualquier consideración ética, hay que llegar al nivel aspiracional al que toda la sociedad de consumo está apostando. Desde la estética del cuerpo, tu casa, tu ropa, tu consumo cultural, todo está programado para vender una idea artificiosa de opulencia como la única razón para vivir. Por ello, lo que los pobres están dispuestos a hacer para situarse en esa sociedad opulenta no tiene límites, va más allá de todo escrúpulo.

 

Mientras tanto, los ricos, tan agradables y tan dulces, viven angustiados por todo: las enfermedades, la inseguridad, la venta de drogas, ser o parecer pobres. Tampoco la opulencia permite la tranquilidad, porque hay una disfuncionalidad estructural en ambos niveles.

Hay muchos elementos de clase muy bien logrados, pero el mejor es el referido al olor, porque tiene que ver con la dignidad de las personas. Es tanta la brecha entre las dos formas de vida que una huele “bien” y la otra huele a pobreza. Este elemento es un hilo narrativo central y es al mismo tiempo la barrera más humillante. Ahora podemos preguntarnos, ¿quiénes son los parásitos a los que refiere el título de la película?

* Es cientista social.