Para el pobre: ¿una pobre educación?

El paradigma de vida que rectora nuestra visión de futuro, nuestro proyecto de vida de las personas en el mundo, es el paradigma del éxito. Cómo tengo mejores estudios, como tengo una mejor profesión para lograr mejores ingresos por mi trabajo, como ser más rico y resolver mis necesidades y problemas ventajosamente. No es, precisamente, cómo tengamos todos, las mismas posibilidades y oportunidades para ser uno más en la vida y juntos ser capaces de aportar, cooperar u operar unos con otros y todos, a la causa de todos, para enfrentar cualquier endemia o pandemia que se presente en el mundo.

 

Este paradigma exitista y por tanto individualista, sin sentido común colectivo, hizo y hace que existamos sabios muy sabios e ignorantes tan ignorantes; ricos de plata tan ricos y tantos pobres tan pobres de dinero y hasta indigentes; con una pobreza casi generalizada de conciencia, de solidaridad, de unidad en la diversidad, de consideración y de respeto entre todos.

 

Este es el molde en el qué, y para el que, nos formamos, nos educamos. No tomamos en cuenta que cuánto más educados en ciencias, en tecnología, en formación personal, en calidad humana, en disciplina por mí y por todos, en solidaridad y productividad, como activistas por la paz y de la felicidad; contaremos con una sociedad más próspera y equilibrada, más empática. Hasta ahora seguimos haciendo lo mismo esperando resultados diferentes, como diría Einstein. Quien dice, además, entre otras máximas:” No se puede acabar con el dominio de los tontos porque son tantos, y sus votos cuestan tanto como los nuestros”.

 

Si queremos un país de emprendedores, de productores y de un nivel de sociedad más homogénea y cuando menos, medianamente alta, tengamos en cuenta lo que dice Robert Kiyosaki: ”Las grandes oportunidades no se ven con los ojos, se ven con la mente”; por lo que para salir de la pobreza, para que los pobres dejen de ser tales, como dice Conserbero: “No es una solución dar educación a los pobres, si les das una pobre educación”.

 

La falta de visión política, de verdadero patriotismo y hasta por sobrada negligencia de quienes conducen las riendas de la nación, día a día y sin pausa, obligan a los padres de familia a hacer hasta lo imposible para pagar una colegiatura particular, dentro del país y generalmente, los llamados políticos de gran talla, lo hacen en el exterior.

 

El filósofo Bernardo Toro nos induce a reflexionar: Si cambiaríamos el paradigma de vida, GANAR – PERDER, que desde hace varios siglos orienta nuestros criterios de existencia, si dejaríamos de pensar en el poder, en siempre ganar, acumular, ser importante y vencer; a lo que están dirigidos gran parte de nuestras decisiones personales, familiares, sociales y de los países o de las regiones; lograríamos un estado superior de humanización; es decir, nos reconoceríamos como seres iguales.

 

Si en vez de ganar o perder, la lógica sería GANAR o GANAR, aplicaríamos el paradigma del cuidado: saber cuidar, saber hacer transacciones y saber conversar; todos cuidaríamos el ambiente y a quienes estamos en él. El paradigma del cuidado previene daños futuros y repara daños pasados. El cuidado, hoy, no es una opción; porque o nos cuidamos o perecemos.

 

Al parecer el futuro de la humanidad está cubierto, por negros nubarrones, mismos que, quizás podrían ser superados o por lo menos amainados, si todos gozamos de la misma educación; de esta primera y más importante oportunidad que nos dé pie a mejores oportunidades de trabajo, de ingresos económicos y de vida individual y colectiva.

 

Claro está que, las reformas, contra reformas y hasta revolución educativa que hemos tenido hasta acá, no nos acercaron para nada a la capacidad y calidad de conocimientos requeridos; toda vez que como dice Joseph Kapone: “Hay genios sin estudios y hay idiotas con doctorados. La verdadera sabiduría no la otorga un título, sino lo que haces con lo que has aprendido a lo largo de la vida y como tratas a los demás”.

 

Pensemos que: “Los niños pobres son los que más sufren la contradicción entre una cultura que manda a consumir y una realidad que lo prohíbe” (Eduardo Galeno). Como no aplaudir a Suiza, donde reluce, precisamente, el nivel de educación y de instalación de ella en su vida en general como país; qué, para contener y prevenir la pandemia, no necesitó declarar estado de excepción sanitaria, sino lo que hicieron, por el bien común y bastó, fue advertir.

 

Nótese cuan mal estamos en educación en nuestro país donde existe una educación fiscal, una de convenio y otra particular y dentro de estas diversas otras, diferenciadas particularmente; por lo que en realidad se hace y se deja de hacer. ¿Hasta cuándo, simplemente, será simplemente legal y correcto en su redacción el artículo 77 de la Constitución Política del Estado que dice:  La educación constituye una función suprema y primera responsabilidad financiera del Estado, que tiene la obligación indeclinable de sostenerla, garantizarla y gestionarla?