Orígenes del canto en el Valle de Tarija

Moisés Oliva

Desde las sabanas al este de África, la Humanidad naciente se fue esparciendo poblando todos los continentes dejando por último a América.
Entonces en el proceso de población del mundo, la humanidad cruzó el estrecho de Bering.
El estrecho de Bering era el lugar más cercano entre Asia y América.
En aquel momento estaba sin aguas por aquella glaciación que hizo descender la superficie del mar lo suficiente como para que estuviera seco y la humanidad pudiera pasar desde el noreste de Asia al Norte de América por tierra firme persiguiendo manadas de animales para cazarlos.
Cruzó la humanidad no la especie humana.
Este concepto es fundamental porque no cruzó sólo lo animal de lo nuestro, sino que junto con esto cruzó también toda la cultura, la tecnología; cruzó en mente y espíritu. Es decir, con la sabiduría adquirida hasta ese momento de la evolución humana para sobrevivir en aquellos medios (sino no hubiera permanecido en América y no la hubiera llegado a poblar: con las armas de cazador-recolector y con el conocimiento de cómo hacerlo colectivamente) y, necesariamente, con la espiritualidad de las etnias asiáticas de donde provenían.
Pero lo más importante para el tema que nos importa es que vinieron con su propia habla y con su propio canto (y la música y la danza), que era la forma espiritual de relacionarse con el entorno: el de abajo, el de la superficie y el de arriba; las profundidades de la tierra; el mundo circundante de las piedras, las plantas y los animales y la inmensidad del firmamento.
Todo este entorno eran los Dioses y el canto era la forma de comunicarse con Ellos.
Esta era la principal y esencial función del canto.
Pero el canto tenía también otras funciones: unas relacionadas con la necesidad concreta de conseguir el sustento, es decir para la caza de animales, la recolección de frutos y, en algunos casos, para la pesca y otros relacionados para armonizar el equilibrio personal y el equilibrio colectivo en ritos y fiestas.
Y también servía para cantar nuestras alegrías, nuestras tristezas.
Caminaban, caminaban y mientras caminaban, cantaban.
Cazaban, cazaban y mientras cazaban, cantaban.
Recolectaban, recolectaban y mientras recolectaban, cantaban.
Pescaban, pescaban y mientras pescaban, cantaban.
El canto no sólo seguía el quehacer de la comunidad sino también el quehacer del universo, es decir los ritmos de la naturaleza. Se debía estar totalmente armónico con estos ritmos porque ellos nos marcaban el estado de ánimo. A la mañana un canto para saludar al sol y a la tarde otro para despedirlo. Las noches de luna llena cantar a la luna grande y presente; canto que iba aumentando a medida que crecía y que iba disminuyendo a medida que menguaba hasta cantar silencio en la luna nueva.
Y unos para el verano y otros para el invierno…
Y los cantos en los ritos a cada Dios presente totalmente conviviente con la comunidad: al viento y al trueno y al sonido de las alas del cóndor que pasa y a las plantas sagradas cuando la ingerían.
Y comenzaron a entender el movimiento de los astros; y llegaron a dividir el año en lunas y a saber cómo se distribuían las sombras a través de los ciclos solares y cómo las plantas y los animales obedecían a esos ciclos floreciendo y teniendo crías según lo ordenaba el Dios Sol y entonces cantaban a Él para que les mande caza y frutos.
Todo era canto (y danza): también cuando peleaban con otras tribus por el territorio, y también cuando alguien se moría y lo enterraban.
Entonces es así que con su propio canto llegaron a este Valle de Tarija antes de la invasión de los españoles, durante el paleolítico.