No sigas al rebaño

Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó él mismo a tomarse por una de ellas. Se esforzaba por comer hierba, lo cual no le gustaba nada, y por balar, lo cual le era muy difícil. Cuando un chacal se acercaba al rebaño, el joven tigre, imitando a los corderos, huía aterrado. Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años.

Un día, un tigre adulto surgió en lo alto de un peñasco que dominaba una llanura. Todos los corderos huyeron, y el tigrecito con ellos.

El tigre persiguió al rebaño y agarró al tigrecito por la piel del cuello. Le preguntó, intrigado:

-Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?

Pero el tigre-oveja baló asustado.

Se lo llevó. El pequeño tigre temblaba de miedo y ya se veía devorado. Llegaron a la orilla de un río. El tigre dejó al tigrecito en el suelo y lo empujó hasta el borde del río. Entonces se sentó a su lado e inclinó su cabeza sobre el agua. De esa forma, el tigre y el tigrecito se vieron reflejados el uno al lado del otro. El tigrecito vio que se parecía al tigre adulto, pero no se convenció totalmente.

El tigre-oveja seguía creyéndose una oveja, hasta tal punto que cuando el tigre recién llegado le dio un trozo de carne ni siquiera quiso probarla. “Pruébala”, le ordenó el tigre. Asustado, sin dejar de balar, el tigre-oveja probó la carne. En ese momento la carne cruda desató sus instintos de tigre y reconoció su verdadera y propia naturaleza. El tigrecito comprendió cuál era su verdadera condición, y los dos animales se alejaron juntos.