Nacionalización del auto fantástico

– “Hola, buenos días, ¿llamo a la Aduana nacional?”.
– “Sí, ¿en qué podemos ayudarlo?”, contesta la operadora.
– “Mire, señora, que afuera de mi casa hay un auto, primero estuvo una tarde, no le di importancia, luego fueron dos días, un mes, tres meses y ahora, cuando va a cumplir sus primeros seis meses, quisiera hacer una solicitud”.
– “Dígame, ¿qué necesita?”, responde la operadora.
– “He leído en los periódicos que un avión milagrosamente fue parqueado en uno de los aeropuertos de nuestra ciudad y al cabo de un tiempo, como nadie lo reclamó, decidieron legalizarlo y darle un nuevo dueño. Yo exijo lo mismo”.

Una pequeña risita burlona me dio la respuesta, como si yo necesitara internarme en un centro siquiátrico o necesitara un cóctel de remedios ansiolíticos o una internación de una semana durmiendo para que mis temores sobre el auto fantasma o el auto fantástico desaparezcan y así se vaya de la vereda de mi casa; “así como llegó, así se tiene que ir”, dijo la operadora mientras el sonido ‘pi’ del teléfono se hizo presente.

Salí a la calle, a mirarlo, le di una vuelta, me apoyé a la ventana para ver su interior con la esperanza de que hubiera una nota que dijera ‘papel, papel, el que se lo pille para él’, tal como jugamos cuando éramos niños, pero nada; el auto era hermoso, de color negro, aros de magnesio, asientos de cuero, una pequeña tele en vez de radio, lo único diferente a las partes del auto era una lata de cerveza que había en el asiento del pasajero.

Mi ilusión renació y en mi afán conservacionista puse en una de esas páginas de Facebook donde se pregunta por algo y luego de 10.000 respuestas sobre diversos temas aparece la panacea, la respuesta que tanto esperabas, solo que yo aguardaba que alguien me dijera que era el legítimo dueño porque estaba en mi vereda y en mi país todo lo que llega sin saber de dónde ni por qué es para que el que lo pilla primero.

Al día siguiente salí a las seis de la mañana para hacer mi caminata diaria y por la esquina iba el auto fantasma, supuse que se estaba marchando hacia otra vereda con la única intención de emocionar a otro vecino incauto.


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