Latinoamérica vivió proceso de “integración excluyente”

Los avances y retrocesos en materia de desigualdad en la región durante la última década, obligan a los expertos a repensar e innovar en la investigación sobre las desigualdades, y cómo estas deben entenderse en el contexto cambiante.

Gabriel Kessler, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de La Plata (Argentina), explica que después de varias décadas de incremento de las desigualdades, desde 2003 y durante casi diez años, “un aire de optimismo se respiró en algunos países de la región”.

En principio, esto se percibió casi exclusivamente en las naciones gobernadas por la izquierda o centro-izquierda, pero luego alcanzó a otras que se mantuvieron a la derecha, como Colombia, Perú o Panamá.

Fue entonces que organismos internacionales y gobiernos “posneoliberales” celebraron especialmente la caída del coeficiente de Gini y el surgimiento notorio de “nuevas clases medias”. Sin embargo, Kessler recuerda que hay que ser cautos porque, pese a estos avances, “seguimos siendo la región más desigual del planeta y las deudas acumuladas para todos los sectores subalternos son, cuando menos, seculares”.

Integración excluyente

Más allá de las mediciones a través del coeficiente Gini, algunas investigaciones citadas por Kessler dan cuenta que también ha habido procesos de mayor inclusión y democratización de acceso, pero “con segmentación interna”. Estos se describen como “integración excluyente”, donde la segmentación no sólo influye en el consumo, sino también en formas de acumulación de capital diferenciado y movilidad social.

Algunos ejemplos citan que hay países donde las escuelas tienen la capacidad de incrementar pequeñas diferencias sociales, por ejemplo, “apostar” por los mejores estudiantes y penalizar de forma indirecta al resto.

“Conocemos formas de ‘colonización’ de las mejores escuelas por los sectores en mejor situación relativa, que también resultan en una intensificación de la desigualdad”, afirma el investigador argentino.

Asimismo, “la capacidad de presión en el sistema de salud produce diferencias en los servicios”, y “quienes tienen mayor capacidad de litigar pueden acceder más rápido a la resolución de conflictos en la justicia y en organismos de salud se presentan efectos desigualadores de la judicialización en salud”, agrega.

El avance y la reacción

Según Kessler, hoy en día se perciben “dos movimientos en cierta medida yuxtapuestos”: la disminución de la desigualdad de ingresos, registrada en la mayoría de los países de la región aproximadamente a partir de 2003, junto con “una tendencia registrada en los últimos años hacia movimientos de derecha, los cuales, de un modo u otro, reaccionan frente a los avances en términos de igualdad”.

Ello se ha visto tanto en temas generales como en cuestiones específicas, como en la problemática de género, bajo la acusación de “ideología de género”, como se vio en campañas políticas recientes en Brasil, Colombia y Costa Rica.

Desigualdad más allá del Gini

Las críticas al coeficiente Gini como indicador global de la desigualdad apuntan a sus limitaciones para evaluar el patrimonio de los sectores más altos. Por tanto, la disminución del Gini en la región (considerando que 0 significa igualdad perfecta y 1 significa desigualdad máxima), no permite afirmar una mejora de la igualdad.

Esto porque, según los expertos “se concentra en la distribución secundaria entre personas y hogares una vez que se ha producido la división entre trabajo y capital, de modo no informa qué sucede con la distribución entre clases, grupos étnicos o géneros”.

Además de esto, el conocido economista francés Thomas Piketty, advierte que la división en deciles que suele hacerse a partir del índice Gini contribuye a la invisibilidad de las élites dentro del decil superior, por lo que existe la necesidad de focalizarse en los “súper ricos” para poder entender mejor el fenómeno desde el lado de la distribución de ingresos.

Por su parte, Kessler afirma que hay debates (como los que ocurren en Brasil) que están cuestionando la idea de una movilidad de clases cuando no hubo modificación de la posición laboral, y que más que nuevas clases medias, algunos autores sostienen que lo que se produjo fue “un mejoramiento de la situación de los sectores populares”.

¿Qué falta?

En síntesis, lo observado desde 2003 en adelante “fue una disminución del coeficiente de Gini, estabilidad de la distribución entre capital y trabajo, disminución de la pobreza absoluta al mismo tiempo que las élites incrementaron su riqueza” en un contexto en que el PIB per cápita creció de forma importante en la región.

O sea que mejoró la situación de los pobres mientras los ricos se enriquecieron más, en un periodo en

que la torta se hizo más grande para el conjunto de la sociedad, pero “sin grandes cambios en la puja entre capital y trabajo”.

En este sentido, Kessler considera que la caída del coeficiente de Gini “es sólo parte” del cuadro, y que el fenómeno “se debe sobre todo a una disminución de la brecha de ingresos entre los más y los menos calificados respecto a la década de 1990, en particular por una reducción de los retornos educativos”.

Pero esta explicación es insuficiente “para quedarnos conformes”. Por tanto, afirma, “una mirada todavía centrada en los ingresos, pero interesada en sopesar su impacto en la calidad de vida de la población, deberá plantearse cómo hacer que una diferencia cuantitativa sea significativa como experiencia cualitativa”. La investigación debe continuar.