La violencia no ha terminado

A finales del año 2018 los datos de violencia extrema contra la mujer se volvieron insostenibles. Inocultables. Más de una mujer al mes moría en esta Tarija nuestra tan pequeña y familiar como nos creíamos. Pero tampoco pasaba nada. Las cosas se seguían viendo casi como pesadilla lejana, como dolor de cabeza prestado, como algo que simplemente no podía ser… pero era.

La Gobernación declaró su alerta departamental, un gesto urgente que a su vez debía ser complementado con acciones más o menos específicas orientadas sobre todo a la emergencia, a la reacción rápida, a la movilización de recursos disponibles y al propio refuerzo de esas unidades – SLIM, FELCV, Defensoría, etc., – que en realidad trabajan en la precariedad más absoluta más que a los asuntos de prevención a mediano plazo, que efectivamente debe trabajarse, pero no dentro de una emergencia.

El asunto se volvió tan grande que nadie pudo mirar para otro lado. El propio presidente Evo Morales intentó interiorizarse del tema y movilizar recursos para tratar de frenar la sangría. Aun con fines electorales, o lo que sea, el Gobierno convocó incluso una marcha para clamar contra la violencia machista, visibilizarla para condenarla… No salió mal ni bien, y aunque el asunto haya perdido algo de relevancia social, no quiere decir que el flagelo haya dejado de afectar.

Algo sirvió. El Ministerio Público asumió compromisos para priorizar las investigaciones de estos casos y el mismo Ministerio de Justicia ha aprobado métodos que impliquen y refuercen la lucha contra la violencia hacia la infancia y su madre de forma determinante.

Los números empiezan a ser elocuentes, y no se trata de que los números de mujeres asesinadas hayan aumentado o decrecido, o al menos se hayan ralentizado desde los compromisos, sino de la sensación de que el asunto va calando en la sociedad y exista un mayor rechazo a ciertas actitudes con las que llevamos conviviendo demasiado tiempo.

A mediano plazo, todo pasa por erradicar una serie de actitudes e implementar nuevos roles de convivencia que garanticen una igualdad pragmática en la vida diaria. No se trata de crear monstruitos, superhéroes o reproducir pensamientos hegemónicos o revolucionar los paradigmas clásicos. Se trata de no matar. No violar. No pensar que así son las cosas.

Y de repente, cuando el asunto parecía no tener mayor espacio en campaña porque todos corrían del mismo lado, irrumpen fuerzas nuevas con manuales precisos de outsider – ismo y derrumban toda una experiencia a base de diálogo y empatía para reponer los viejos modelos más clásicos de pensamiento: las mujeres deben aprender a comportarse, algo harán para que reaccione así, los hombres hablan uno, las mujeres diez; y otros tantos clichés vomitados sobre la cancha.

El debate sobre el debate siempre es el mismo. ¿Qué hacer con lo políticamente incorrecto? ¿Hay que respetar? ¿Exactamente a quién hay que respetar? ¿Qué hacemos con lo diferente?, y la sensación es también que mientras en los círculos rojos el debate es uno, en el amplio círculo sin color, el debate es mucho más primario: género, seguridad, vivienda. El ABC de la supervivencia.

No todo vale en política, y que hablen de vos no siempre es garantía de éxito. Es tiempo de analizar con prudencia y no acabar dando más espacio del debido a aquellos que simplemente buscan eso para acabar gobernando con otros libros en la mano, distintos a la Constitución.