La vía de la confrontación

Esta vez no tiene que ver con los derechos humanos, con la inclusión, con el racismo o con pobres y ricos. De lo que va el conflicto en este viaje es de la necesidad de recuperar la credibilidad en las instituciones y en los procesos

Bolivia es un país en vías de pacificación, pero venimos de una historia violenta, como cualquiera que ha tenido que luchar por su liberación y que tiene fresco en el recuerdo la cara de su opresor. Hace apenas doscientos años nos liberamos del yugo español; hace algo más de cien, libramos una guerra civil – federal con episodios de altas dosis de crueldad; la Guerra del Chaco tienen capítulos, como el de Boquerón, grabados en las historia épica de las batallas por lo cruento de su resistencia; la Revolución del 52 se fraguó sin retorno tras colgar a Villarroel en la plazas Murillo; hace apenas década y media sacamos al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en helicóptero tras la matanza en El Alto. Hace un lustro degollaron a un ministro en medio de un conflicto por minas. Y La Calancha. Y Porvenir. Y lo demás.

Tratar de cambiar el punto de vista sobre el verdugo y el condenado, fundamentalmente pensando en la muy trabajada esfera internacional es clave, pero lo cierto es que es temerario afirmar que hay en marcha un golpe de Estado por parte de una oposición anodina, con años de angurria y miserias

No conviene, por lo tanto, agitar demasiado las aguas ni las palabras para provocar una deflagración. Y eso ya lo deberían haber aprendido los gobernantes y todos los aspirantes a ello en este país, porque una palabra de más puede acabar convertida en un boomerang y pasar de héroe a villano en minutos.

El país está caliente, pero esta vez no tiene que ver con los derechos humanos, con la inclusión, con el racismo o con pobres y ricos. De lo que va el conflicto en este viaje es de la necesidad de recuperar la credibilidad en las instituciones y en los procesos, de empezar (no volver, porque el pasado ideal no existe) a ser un Estado sometido al imperio de la Ley, y que además sea capaz de modernizarse y transparentarse.

Acostumbrados a polarizar, el discurso más fácil es la victimización. Tratar de cambiar el punto de vista sobre el verdugo y el condenado, fundamentalmente pensando en la muy trabajada esfera internacional es clave, pero lo cierto es que es temerario afirmar que hay en marcha un golpe de Estado por parte de una oposición anodina, con años de angurria y miserias, y que apenas va a poder mostrar una serie de actas con errores como argumento del mentado “fraude”, mientras hacen los cálculos sobre lo que pueden sacar de la enésima convocatoria a la unidad.

El Tribunal Supremo Electoral ha jugado un rol siniestro, evidenciado por el vicepresidente Antonio Costas, ya renunciado, que explicitó que la publicación de los datos del TREP se someten a una decisión política. Fue político dejar de transmitir al 83% de la verificación con una diferencia del 7% el domingo y reponerlo 24 horas después, con 95% y 10,12% de diferencia, cuando ya las vigilias se habían instalado a las puertas de los Tribunales. También lo es reponer el cómputo en Potosí, más proclive al Gobierno, llevarlo a Llallagua y administrarlo hasta horas de la noche y no resolver Chuquisaca.

En algún momento habrá que valorar todas las decisiones. También las de aquellos que hicieron todo lo posible por llevar al país a este momento. Pero ahora es tiempo de acercar al país y tomar las decisiones correctas. El cómputo debía haberse cerrado hace días, pero agitar a la movilización y la violencia, es intolerable.