La política internacional no debería ser el reflejo de los caprichos de un Gobierno, sino una política de Estado orientada a velar por la soberanía propia y el desarrollo nacional orientada al bienestar popular. En ese sentido, el Estado debería estar muy por encima de las voluntades personales de cualquier gobierno, así dure 15 años o seis meses.

El Gobierno de Jeanine Áñez ha decidido darle una vuelta completa a la política internacional sin tener legitimidad para ello. En poco tiempo no solo ha roto con Cuba y Venezuela y se ha salido del ALBA, medidas todas ellas muy demandas por su núcleo más radical aunque tenga pocas implicaciones reales sino que también ha decidido, entre otras muchas cosas, abrir las puertas a Estados Unidos e Israel, retirando el pedido de visas, sin encontrar reciprocidad, lo cual convierte al país en subordinado.

USAID ya vuelve a campar por Bolivia pese a los disgustos del pasado; pronto llegarán nuevas/viejas ONG y ya se anuncia la restauración de embajadores con Estados Unidos, un gesto simbólico más allá de que nunca se hubieran roto realmente las relaciones diplomáticas y comerciales, como señaló el último “encargado de negocios” de Evo en EEUU, el tarijeño Pablo Canedo.

De entre todas las decisiones que ha tomado en política exterior el Gobierno transitorio de Jeanine Áñez, el más controvertido es la adhesión incondicional al “Grupo de Lima”, un lobby de Gobiernos sudamericanos cuya misión es articular la injerencia en Venezuela, dando soporte incluso a los planes de intervención extranjera (estadounidense) de la que alguna vez se ha hablado fuerte.

Ningún Gobierno quiere involucrarse demasiado en esta etapa de transición – salvo el de Estados Unidos y más sigilosamente, el de Brasil de Bolsonaro – y aguardan a la resolución electoral en mayo

Resulta curiosa la participación de este Gobierno en ese lobby, cuando sigue protestando contra la “injerencia” de los Gobiernos de México, Argentina y España en los propios asuntos del Estado boliviano, por la forma en que se llevó y se sigue llevando la transición.

Luego de los primeros días de mucho ruido, el silencio internacional respecto a las decisiones adoptadas es evidente. Ningún Gobierno quiere involucrarse demasiado en esta etapa de transición – salvo el de Estados Unidos y más sigilosamente, el de Brasil de Bolsonaro – y aguardan a la resolución electoral en mayo, que en tiempos diplomáticos es nada.

Alemania ha mandado el primer mensaje serio contra las intenciones del Gobierno de Jeanine Áñez. El contrato firmado por el litio a 70 años fue fuertemente criticado por Potosí y otros actores, pero nunca se desentrañaron sus riesgos reales, lo que ha dado pie a la teoría del “golpe por el litio”, por lo que el asunto está en observación directa de todo el mundo.

El marco de las relaciones de Bolivia siempre debería primar los Sudamericano, y no solo por la historia compartida ni por la mediterraneidad, sino por la debilidad estructural que deja al descubierto nuestras riquezas, listas para cualquier depredador en estos tiempos de voracidad.

En la última década ha habido muchos cambios en el entorno político, muchos que fracasaron, otros que están en proceso de fracaso y otros que recientemente se han dado cuenta de que las cosas pueden ser de otra manera. La Unasur, la Celac, etc., fueron instituciones que se soñaron con fuerza y que al final, acabaron dando miedo a demasiados, hasta el punto de desterrarlas.

La política internacional no es un juego, y convendría que todos se tomen su tiempo para no cometer errores. La soberanía nacional es lo que está en juego.