La política del silencio

Hoy es un día importante para repensar los nuevos y grandes desafíos sobre el desarrollo. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lanza el informe global insignia del desarrollo de Naciones Unidas, el “Informe de Desarrollo Humano 2019: Más allá del ingreso, más allá de los promedios, más allá del presente: desigualdades del desarrollo humano en el siglo XXI”, reconocido y esperado periódicamente por la comunidad internacional.

En un país con una larga historia de caudillaje político como Bolivia, no resulta extraño que el lenguaje utilizado en el espacio público generalmente responda a una sensibilidad androcéntrica, acostumbrada a un público exclusivamente de varones, desconociendo un sector significativo de la sociedad: las mujeres.

En campaña electoral pasada, muchos de los candidatos presidenciales parecieron olvidar este hecho. Y no solamente ellos, sino también los nuevos líderes que emergieron durante el paro cívico de 21 días. Un simple análisis discursivo de estos dirigentes revelaría por ejemplo una interesante cantidad de alusiones sobre los genitales masculinos, pues al parecer basta con “ponerle huevos” a un asunto para remediar cualquier mal.

Freud explicó este fenómeno como una compensación discursiva derivada de inseguridades y deficiencias psicofísicas percibidas por el interlocutor, aunque no verbalizadas.

Seguramente prescribiría un mínimo de siete años de terapia. Yo no soy Freud. Tampoco soy hombre. Por eso no siento necesidad de explicar este tema. Prefiero dejarlo en entredicho o, como decimos los mileniales, “dejarlo en visto”.

Jeanine Áñez entendería esta decisión mía. Considerando la sutil, casi anecdótica manera en la que abordó el alejamiento de su otrora Ministro de la Presidencia de su gabinete, a menos de un mes de haber sido posesionado, es imposible negar que la Presidenta está muy familiarizada con este mecanismo de compensación.

Creo no estar equivocada al decir, también, que la mayoría de las mujeres entendemos lo que ha hecho. Disfrutamos, aunque en silencio, de ese momento tan cargado de sentido, tan pleno de posibilidades.

Estamos a menos de un mes del año 2020. Bolivia tiene, por segunda vez en su historia, a una mujer en la presidencia, una que evidentemente no tiene miedo a ninguna manada, ni a las acciones de ningún caudillo violento, ni a ningún juego —par o impar— de gónadas sexagenarias.

No es una simple portavoz del discurso masculino. Ella tiene voz propia, tiene mucho por decir y sabe que no necesita muchas palabras para expresarse. Y es que ella sabe lo que pocos varones entienden, a diferencia de la mayoría de las mujeres: que la gran política se inscribe en los intersticios, en el silencio sensible, en el espacio de escucha.

La gran política es una acción humana elevada al nivel del arte, un acto performativo que no requiere la mínima explicación; un giro de pluma cargada de emoción, recogida en tranquilidad, puede convertirse en poesía.