Desde la derrota del 1 de octubre en La Haya, en Bolivia llevamos hablando de nombres, de caras, de rostros, de candidatos al fin. De quién podría ser y quién no el próximo Presidente de Bolivia y de quienes serían los mejores políticos, autoridades, activistas, académicos o dirigentes para ocupar tal o cual  curul en el Senado o en la Cámara de Diputados.

La campaña está siendo la más larga de la historia, pero por el momento no ha variado de lo que han ofrecido las precedentes, ni desde el poder ni desde la oposición.

El Movimiento Al Socialismo (MAS) llegó al poder con una agenda clara, la Agenda de Octubre, en pleno auge revolucionario y con muchas ganas de llevarse el mundo por delante. Lo sucedido con Sánchez de Lozada y la necesidad de construir un nuevo país llevó a Evo Morales a la Presidencia. Desde entonces su mensaje se ha ido moderando más y más a medida que iba consolidando las grandes mayorías absolutísimas de 2009 y 2014 por un factor elemental: la economía empezó  a crecer y con ello, se llevó por delante cualquier susceptibilidad al respecto. La moderación en la gestión ha consolidado los postulados de la ortodoxia capitalista, a la que solo se ataca en los discursos ante los incondicionales o en los foros internacionales como las Naciones Unidas.

El MAS ha manejado su derrota en el referéndum, hasta el punto de hacerlo una especie de asunto molesto del pasado sobre el que la gente ya no quiere escuchar.

De las banderas de aquel octubre quedan pocas en pie y muy pocas se han desarrollado óptimamente, pero al MAS ya no le importa luego de las infinitas purgas internas. El mensaje hoy es claro: estabilidad, seguridad y miedo al cambio, justo los mismos planes que se conjugaban en su contra a principios de siglo.

La oposición tampoco ha renovado mensaje. El latinobarómetro indica que ya apenas al 50 por ciento de los bolivianos les parece más importante vivir en democracia que tener seguridad física y económica, un asunto clave para entender como el MAS ha manejado su derrota en el referéndum, hasta el punto de hacerlo una especie de asunto molesto del pasado sobre el que la gente ya no quiere escuchar.

Tanto Carlos Mesa como Óscar Ortíz se mantienen en equidistancias respecto a los programas y proyectos que implementarían y que eliminarían. Nadie a estas alturas quiere decir si privatizaría YPFB o si bajarán la presión fiscal o si prohibirían la exploración en Tariquía y si vetarían los transgénicos; solo dicen que los otros lo han manejado mal y que ellos lo manejarían mejor por el simple hecho de ser otros, sin que eso acabe de ser evidente.

Ya todos los bolivianos han conocido a los candidatos, ya todos se han exhibido por el país y por el mundo; ya todos han desarrollado sus estrategias de guerra limpia y de guerra sucia. Quedarán sorpresas, evidentemente, porque si no esto no sería Bolivia, pero lo que toca ahora es dejar los grandes versos vacíos de contenido y empezar a concretar los proyectos, verbalizar los cambios que se pretenden implementar.

Bolivia ha cambiado, y quienes pretenden hacer política como en el siglo XX están equivocados. No se puede tratar a la gente como ignorante ni pedirle actos estrictamente de fe. El año que vienen puede no haber donde vender gas. Y eso no se arregla con una sonrisa ni con una oración.