La perfección y las posibilidades

“¿Dónde vemos imperfección?”, me pregunté al mirar una libélula posarse sobre una pequeña rama en una cascada escondida entre las mesetas desérticas del País Dogón. La perfección del mundo rebosa en los detalles. Un ser tan pequeño con vida, que vuela sin ser arrasado por el viento, que siente y se posa sobre una hoja desplegando su pequeña majestuosidad…

Si cada partícula es perfecta, ¿por qué no habrían de ser perfectas las cosas formadas por ellas? Los pájaros que logran volar gracias a sus cuerpos moldeados para respetar las leyes de la aerodinámica, los peces que respiran con sus branquias rodeados por cientos de litros de agua, las pulgas que son tan pequeñas y aun así están vivas, los árboles que se moldean según la clemencia e inclemencia de las estaciones, la tierra que es siempre igual y siempre diferente, la ley de la impermanencia que muta lo que nos rodea, nuestros sentidos a través de los cuales creamos nuestro mundo de percepciones, nuestras manos que cierran y abren, nuestras bocas acuosas, nuestras imperfecciones perfectas… ¿Qué es este sueño que osamos llamar realidad más que perfección y magia?

Miro mis cicatrices, mis piernas dibujadas por las caídas, los años que se me notan en la piel, y pienso: “Que mundo perfecto éste que lo refleja todo para enseñarnos, si queremos aprender. La impermanencia del cuerpo también es algo perfecto. Un mensaje, una enseñanza.

La vida es difícil, todo lo que vemos cambia y todo tiene una interdependencia entre sí aunque muchas veces no lo vemos por el velo que llevamos sobre los ojos. Cierro los párpados en busca de ese sentido de interdependencia y lo encuentro, pero se pierde rápidamente entre los juegos de la mente. “Calla”, le digo, pero está malcriada así que la dejo jugar sola sin darle la mano. En algún momento callará, y ahí es cuando quizás entienda lo que soy, o lo que no soy.

El mundo es tan perfecto, tan lleno de posibilidades que los aprendizajes están ahí para el que se anime a estirarse y alcanzarles. No es fácil, así como no es fácil ver los detalles ni lo perfectos que son cuando gritas de dolor porque un cuchillo te atraviesa la mano o porque la angustia te aprieta fuerte la garganta.

Inhalo y saco la atención de allí para volverla a poner en ese recuerdo de la libélula posada sobre un pequeño palito. No es fácil pero tampoco imposible. Lo que me empuja no es fe ciega, es confianza. Confianza en las posibilidades. Luego cabe esforzarse e intentar una y otra vez hasta que salga, como una niña con los patines sobre el hielo. Me voy a seguir patinando que hoy mi mirada va de lo pequeño a lo grande; hoy estoy maravillada con el mundo.


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