La lógica de la negociación

Por el momento, el Gobierno no se ve obligado de ninguna manera a abrir un espacio de negociación; la intervención en las calles – curiosamente a cargo de grupos afines al Gobierno y no de la Policía – y la falta de atención internacional, más allá del vago compromiso de la OEA, le han dado aire

Como era previsible, el lunes se desató la violencia en diferentes ciudades del país ante el inequívoco llamado a la confrontación que desde el propio Gobierno se hizo a sus bases, y el llamado opositor a la resistencia activa. Ni unos ni otros han hecho demasiados esfuerzos por hablar de la no violencia, más bien al contrario, por lo que la temperatura va subiendo a la misma velocidad que el despliegue en las redes sociales.

El paro cívico, como quien dice, recién ha empezado, y como cualquier paro, cuenta con la perspectiva del agotamiento. Al principio se suele cargar contra los bloqueadores, luego suele girarse hacia los políticos.

El paro cívico, como quien dice, recién ha empezado, y como cualquier paro, cuenta con la perspectiva del agotamiento. Al principio se suele cargar contra los bloqueadores, luego suele girarse hacia los políticos, que exigen que se de alguna solución. Se trata pues de una estrategia de acumulación de fuerzas en uno u otro sentido.

Para debilitarlo, es evidente que se usa aquello de que “la gente vive del día”, y también se suele tratar de desgastar el pedido. Inicialmente la Coordinadora hablaba de segunda vuelta, ahora ya habla de repetición de elecciones al entender que “todo es producto del fraude”, aunque el cambio haya venido más por la necesidad de integrar a todos los sectores – que antes no se quisieron unir – que por otra cosa.

Es evidente que si la movilización popular fracasa, la oposición no habrá podido forzar ni siquiera un escenario de negociación factible y Bolivia se encontraría en un tiempo similar al que siguió al referéndum del 21 de febrero de 2016, donde la derrota del oficialismo no significó que se implementara un nuevo modelo de país que agrupara diferentes sensibilidades y se convirtiera en una victoria electoral, sino que abrió un tiempo de incertidumbre en el que el MAS volvió a tomar la iniciativa mientras las fuerzas de oposición se dedicaron a pelear entre ellas.

De esa presión en las calles depende mucho la opinión pública internacional, que sin embargo anda más entretenida contemplando lo que sucede en Chile o con la reciente victoria de Alberto Fernández en Argentina. El conflicto en Bolivia tiene poco que ver con el fracaso neoliberal, pero la coyuntura se brinda a la confusión, eso sin tomar en cuenta que el Gobierno de Evo Morales ha hecho grandes esfuerzos en ese plano para mostrarse como un régimen confiable; lo que no quita que ver al Presidente de un país clamando por “cercar ciudades, a ver si aguantan” sea visto como una aberración incluso por sus aliados más sinceros.

Por el momento, el Gobierno no se ve obligado de ninguna manera a abrir un espacio de negociación; la intervención en las calles – curiosamente a cargo de grupos afines al Gobierno y no de la Policía – y la falta de atención internacional, más allá del vago compromiso de la OEA de hacer una auditoría, deja a la Coordinadora de Carlos Mesa en una posición delicada, al mismo tiempo que los “indicios de fraude” no acaban de ser sólidos y cuantificables.

La exigencia máxima, por el momento, es la de la convocatoria de una nueva elección. Lo probable es que las elecciones subnacionales se acaben convirtiendo en una suerte de segunda vuelta que configure las fuerzas de cara a la próxima legislatura con mayor atención a las regiones.

En cualquier caso, lo inmediato es que cese la violencia, porque por esa vía no se debe legitimar absolutamente nada.