La Historia y la percepción de la realidad

La comprensión generalizada de la Historia, tal como nos vemos obligados a estudiarla en el ciclo Secundario de nuestro sistema educativo, es la de una pesada recolección de hechos —en su mayoría bélicos, o por lo menos conflictivos— y a una más pesada enumeración de personajes que fueron presidentes o comandantes. Vista así, la Historia no sólo resulta aburrida, sino también absolutamente inútil (dicho sea sin quitarles el mérito a los investiga-dores que han examinado y ordenado cronológicamente esos miles de datos).
Sin embargo nos atrevemos a afirmar que esos datos históricos sólo llegan a tener sentido, y a cobrar importancia, cuando se los ordena y analiza con la mirada puesta en una percepción crítica de la realidad (la local, la nacional y la internacional), en un análisis que nos permita interpretar lo que ocurrió en tiempos pasados para orientarnos mejor en los tiempos presentes.
En ese sentido comentábamos el pasado miércoles (en la presentación de la tercera edición del libro “Recuperando la memoria – Una historia crítica de Bolivia”, y con la participación de personajes de talla nacional como Xavier Albó y María Galindo) que si los sujetos políticos que nos representaban en el proceso que abrió Bolivia ante el Tribunal Internacional de La Haya hubieran analizado —desde una perspectiva crítica— los hechos históricos que precedieron y acompañaron la pérdida de nuestro Litoral, habrían sido menos optimistas y nos habrían ahorrado frustraciones (a toda la ciudadanía y de manera especial a nuestro Presidente).
Y es que no basta saber que el Litoral fue boliviano y nos fue abusivamente arrebatado por el Estado chileno. Es importante también entender que el principal artífice y responsable de ese abuso fue el propio Estado boliviano, un Estado articulado en torno a la explotación de minerales y permanentemente controlado por los empresarios mineros —ya fueran los “conservadores” de la plata o los “liberales” del estaño—, y que fueron esos empresarios-gobernantes los que prácticamente le regalaron el Litoral a los empresarios anglo-chilenos. Nunca valoraron las riquezas de guano y salitre que encerraba nuestro Litoral —para ellos era un negocio pinche— ni se preocuparon por organizar ni vincular nuestro territorio costero. De ahí el hecho consternador de que, cuando las tropas chilenas invaden Antofagasta, la población de dicho puerto ¡aplaude a los invasores! Y es que el 90 por ciento de dicha población era ya chilena (sólo un 5 por ciento boliviana).
Por su parte el partido Liberal se pasa 20 años criticando a los gobiernos Conservadores y reclamando que vuelvan a la guerra con Chile para recuperar el Litoral, pero en cuanto llegan ellos al Gobierno lo primero que hacen es firmar el Tratado de 1904 (que viene a ser el argumento irrefutable del Estado chileno ante la CIJ y ante cualquier posible tribunal internacional).
Por eso la Historia no puede limitarse a enumerar nombres de Presidentes (más o menos democráticos) y de Dictadores (más o menos asesinos), ni a enumerar hechos luctuosos, ni a consignar leyes y decretos que no se acaba de saber para qué servían. La Historia tiene que interpretar esos datos, tiene que entender sus antecedentes y sus consecuencias, tiene que relacionarlos con el contexto internacional; y de esa manera puede ayudarnos a entender e interpretar la realidad coyuntural. Y nuestros gobernantes y representantes tienen que estudiar esa Historia para orientarse mejor y no meter la pata (ni darles argumentos a personajes hostiles como el presidente chileno Piñera).
De todo eso hablamos con la rica y variada participación que hubo en la presentación de dicho libro, y llegamos a la conclusión de que sería urgente reubicar y replantear el rol de la Historia en el proceso educativo de nuestros niños, niñas y adolescentes; así como en la urgente formación política de nuestra juventud y de nuestra población adulta. ¡Ajina kachun!